Lo que nunca se supo es quién decidió que se jugara con once. Tal número se convirtió en símbolo de esta pasión. Y es perfecto, once encajan justo en las medidas del campo.
Uno no elige la música que lo marca. La música llega, se instala y un buen día descubre que ha crecido con uno, que ha sido la banda sonora de las derrotas y los deslumbramientos.