Se trata del hombre de mayor confianza e intimidad, del temible dictador.
ELOY TARAZONA, Y EL TESORO DE GÓMEZ
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Rafael Simón Jiménez

Eloy Tarazona bajo de estatura, de facciones indígenas, había nacido en el Departamento de Boyacá, en la vecina Colombia en 1880, y habitando en la fronteriza población de Cúcuta, se sumó en mayo de 1899 a la invasión promovida por los generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, para asaltar el poder en Venezuela, siendo incorporado como oficial del “Batallón Junín” de aquellas variopintas tropas que acompañaban a los jefes andinos.

Cuando Juan Vicente Gómez se hace dueño del poder, aprovechando la forzada ausencia de su compadre y Jefe de
Estado Cipriano Castro en diciembre de 1908, Eloy Tarazona, comienza a aparecer como inseparable del nuevo gobernante, su nombramiento como edecán del Presidente, es solo una formalidad, pues de hecho es ordenanza, mandadero, depositario de secretos y guardián diurno y nocturno del zamarro y desconfiado Presidente, que lo convierte en su confidente y hombre de confianza.

A la muerte del anciano dictador en 1935, Tarazona es preso y luego exiliado previa incautación de sus bienes, y se radica en la población de Chinácota, Norte de Santander, donde reemprende faenas agrícolas, mientras en Venezuela comienza a correr con fuerza la leyenda de un famoso tesoro enterrado del general Gómez, del que solo su espaldero sabría con certidumbre la ubicación. El propio Tarazona en su ignorancia y elementalidad se hace eco del rumor tratando de ganar importancia para volver a Venezuela y tratar de rescatar su patrimonio.

Llegada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, el “indio” Tarazona, ya anciano, recibe en su refugio fronterizo la visita de tres funcionarios, que se dicen portavoces del gobierno de Venezuela y que le ofrecen todo tipo de garantías y seguridades para su retorno al territorio nacional, ingenuo, el viejo edecán gomecista cae en la trampa y al no más llegar a San Cristóbal, se le declara preso y se le traslada a Caracas, donde los organismos represivos del régimen no ahorran vejámenes y crueldades para que confiese la ubicación del tesoro del General Gómez.



EL “OBISPO”

La terrible cárcel del cerro del “Obispo” es el reclusorio asignado al anciano, quien se consume entre los malos tratos, negándose a revelar el supuesto secreto del tesoro. Se le aplican hasta sesiones de hipnosis, para tratar de que bajo el trance de la inconsciencia declare la ubicación del prodigioso entierro. Ningún método, ni el hambre y los maltratos logran “aflojarle la lengua,” mientras a los otros presos, y carceleros generosos que se atreven furtivamente a socorrerlo en su estrecho calabozo, el hombre de confianza del dictador de La Mulera los deleita con historias reales o imaginarias sobre el verdadero destino del “tesoro”.

Tarazona afirmaba, a sus improvisados contertulios, que en efecto, el tesoro del General existía, que el mismo estaba contenido en cajas de madera forradas en metal inoxidable, donde se habían depositado veinte millones de bolívares en monedas de oro, ocho cajas llenas de prendas, y numerosos regalos de los más preciados obsequiados al dictador; que el depósito construido para contenerlo se hizo con paredes de concreto que se cubrieron de tierra y luego de vegetación para que pasara totalmente desapercibido.

Secuestrado, sin acusación, ni juicio alguno, ni derecho a la defensa, acosado por el hambre, y abandonado a su suerte, con la salud cada vez más deteriorada, Tarazona fabulaba, mientras renegaba de su infortunio; la proximidad de su fin lo hizo según sus palabras traicionar el compromiso de silencio con su antiguo jefe, atreviéndose ahora señalar, a sus auxiliantes y compañeros de prisión, el sitio del fabuloso entierro, que se ubicaba en la hacienda San Jacinto, una de las tantas propiedades del dictador en los valles aragüeños.

Quienes atraídos por el relato del hombre de confianza del dictador se atrevieron a desplazarse al sitio indicado, se encontraron, con que sobre el terreno a que el infidente había hecho referencia se había construido una edificación militar, lo que impedía verificar la información reforzando las dudas y conjeturas sobre el tesoro del general Gómez.

Tarazona, murió en prisión, el 28 de octubre de 1951, y se llevó a la tumba el verdadero secreto, de si había en efecto existido el tan codiciado tesoro, o si solo eran producto de las imaginaciones y fabulas construida en torno a la inmensa fortuna atribuida al dictador.

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