Manuel Felipe Sierra
La mañana parecía lenta y lejana, por la ventana se dibujaban promontorios irregulares de tierra rojiza, mientras labriegos silenciosos con fusiles al hombro cruzaban caminos áridos y estrechos. Horas después los periodistas habríamos de conocer a los jefes militares que contarían cómo derrotaron la sublevación de los kurdos iraquíes, que desde 1961 dirigía un enigmático personaje llamado Mustafá Barzani.
Eran días de 1975, y el gobierno de Sadam Husein daba a conocer que por primera vez se concedía un estatuto autonómico a la población kurda repartida en Irak, Siria, Irán, Turquía y en menor medida en Afganistán, Pakistán, Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Rusia e incluso Israel. Los líderes del Partido Árabe Baaz, (que planteaban la alianza de Irán y Siria), proyectaban una política internacional pragmática en la línea de Gamal Abdel Nasser en el Egipto de los años cincuenta.
Las explicaciones y anécdotas de los líderes militares eran interesantes aunque no suponían mayores relatos de heroísmo. En la calle los kurdos cabizbajos, pasaban indiferentes a la reunión de un grupo de visitantes que hablaban idiomas incomprensibles y vestían ropas de colores estrafalarios.
En la noche sería la cena de bienvenida, bajo una luna radiante y un intenso silencio alrededor. Era inevitable entonces el balance de los viejos reporteros sobre sus andanzas en Vietnam y los conflictos árabes, así como el interés de los jóvenes periodistas que apostaban ahora a las aventuras de la guerra. En un momento, las miradas giraron hacia una dama rubia, esbelta, de impactante belleza y con la soltura de una diva del cine. Y lo era de verdad.
Vanessa Redgrave (la famosa actriz británica y conocida por su simpatía con la causa palestina), se integraba tardíamente al grupo y habría de acompañarnos por el resto de la visita. A las horas se haría común verla caminar entre estrechas veredas, y tratar con nativos cautelosos y sorprendidos y luego volvería con flores, que con una sonrisa de afecto regalaba a sus colegas.
El regreso contemplaba una escala en Mosul, el más importante centro petrolero del país. Entre taladros, balancines, camiones y numerosos obreros se recorrían las calles de la ciudad que había sido la sede del Principado de la República Kurda según los Tratados de Sévres al final de la Gran Guerra.
Sin embargo, faltaban todavía horas de insufrible calor, de tropezones en vías tortuosas y solitarias para reencontrarnos con los barcos que navegaban en el Tigris, los barrios marrones de Bagdad y también para recordar los paseos, las flores y la sonrisa de la bella Vanessa.