Pedro Mosqueda
Al entrar al palco le digo a mi yerno Antonio:
—Garantizado que aquí los fedayines no pondrán bombas. Estamos protegidos por el paraguas de Pedro Sánchez.
Él traga grueso y suelta una sonrisa nerviosa.
Estamos en el Richard Air Metropolitano, el gran parque del Atlético de Madrid. Juegan contra el Getafe. No es un derby, ni una final, ni un partido decisivo. Aun así no entra un alfiler: más de 70.000 personas celebrando la magia simple y contagiosa del fútbol.
De repente aparecen en el campo unos tipos con boinas, abrigos largos y mirada de pocos amigos. Por un momento parecía el desembarco de Birmingham en Madrid.
Era una performance.
En el intermedio del partido el estadio se transformó en un set de filmación de los años veinte. ¿El motivo? Una jugada de marketing de Netflix para promocionar “The Immortal Man”, la película que cerrará la saga de "Peaky Blinders."

La serie, creada por Steven Knight, nos tuvo años siguiendo la ambición de Tommy Shelby, interpretado por el ganador del Óscar Cillian Murphy (Oppenheimer). Ahora la historia llega al cine bajo la dirección de Tom Harper. Ver a los Shelby caminando por el césped del Metropolitano fue un recordatorio de que ellos siempre tienen un plan… y Netflix también.

La escena tenía además un guiño inevitable: Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid, es también uno de los productores más importantes del cine español. El fútbol y el cine comparten el mismo ADN: espectáculo, emoción y multitudes.
Como diría Tommy Shelby:
“No se trata de quién nos va a dejar, sino de quién nos va a detener.”
Reconforta pensar que, en medio del desastre universal, la mayoría de la gente prefiere "perder el tiempo" en estas cosas inofensivas: ver fútbol, discutir jugadas, repetir goles o jonrones en los teléfonos y comentar el partido camino a casa. Mientras, otros se empeñan en matarse por quítame esta paja.
Terminó el juego y su cronista ocioso salió corriendo a casa. Lo esperaba otro espectáculo: el “World Baseball Classic”, le ganamos al favorito, Japón.
Y mientras una parte del mundo se despedaza, nosotros seguimos en esta juerga que no afecta ni ofende a nadie.
Ya estamos preparados para seguir hoy la premiación de los Oscars.
TOMEN NOTA
La ceremonia se celebra hoy en el Dolby Theatre de Los Ángeles y este año la competencia parece particularmente abierta.
La favorita para Mejor Película es "Hamnet", de Chloé Zhao, una adaptación de la novela de Maggie O’Farrell sobre la muerte del hijo de Shakespeare. Tiene todos los ingredientes que enamoran a la Academia: drama íntimo, época, dolor y una directora con gran sensibilidad visual.
Su gran rival parece ser “Una batalla tras otra”, de Ridley Scott, un drama épico de gran escala sobre supervivencia y migración. Es el clásico choque entre el cine íntimo y poético y el cine poderoso y monumental.
En Mejor Actor, muchos apuestan por Paul Mescal, también por Hamnet, en el papel de Shakespeare. Pero nunca se puede descartar a Anthony Hopkins, que a sus 88 años sigue acumulando actuaciones memorables.
Entre las sorpresas destaca la brasileña “El Agente Secreto”, de Kleber Mendonça Filho, con cuatro nominaciones importantes, Mejor Película, Mejor Casting, Mejor Película Internacional y Mejor Actor para Wagner Moura. No sería la primera vez que el cine brasileño sacude a Hollywood: ya lo hizo en 1999 con "Estación Central", de Walter Salles —2 nominaciones— aunque no ganó, porque ese fue el año de "La Vida es Bella".
En 2025 Brasil ganó el Óscar Internacional con "Aún estoy aquí". Gallo que no repite no es gallo, este año van con todo.
“Sirat”, la de España, puede ganar el Óscar por mejor sonido.
¿Cuándo nos tocará a nosotros? Díganme ustedes, que saben mucho más de cine que yo.
Por cierto, pregunté a una inteligencia artificial de qué material está hecha la estatuilla del Óscar: bronce sólido bañado en oro de 24 quilates. No se puede vender ni fundir sin antes ofrecérsela a la Academia por un dólar.
Pero el verdadero oro sigue siendo otro: La Paz.
Por eso este cronista prefiere refugiarse en estas pequeñas menudencias milagrosas de la vida —familia, fútbol, cine, música, beisbol, fanáticos, tertulias y crónicas light— que permiten al mundo discutir, apasionarse e incluso odiarse… sin destruirse. Aunque al fin, distinguidos pasajeros de este Titanic, no es seguro salvarse.