Diciembre es un mes, que de repente todo el mundo, o casi todo el mundo, se ve inundado por optimistas mensajes de paz, bienaventuranza y felicidad. De efusivos deseos de bienestar para propios y extraños. Abrazamos a amigos, familiares, compañeros y al inocente que pasaba por allí, y deseamos felicidad incluso a aquellos a los que los restantes días del año les dedicamos, en el mejor de los casos, indiferencia, y en el peor, improperios de todo tipo. Seamos honestos. Somos un poco hipócritas. No ya por no sentir en muchos casos esos deseos de felicidad o la menor calidez en esos abrazos, sino porque nuestro comportamiento, no ya estos días, que también, sino el resto del año, poco tiene que ver con esos efusivos abrazos y con lo que deseamos.
Quién podría decir que nunca ha ocultado lo que piensa realmente de una persona o una situación, y por diferentes motivos benévolos, malvados, generosos o egoístas, ha dicho lo contrario. Al fin y al cabo, no podemos leer la mente ajena, especialmente de aquellos que no conocemos bien, aunque también es cierto que tarde o temprano los actos de una persona nos muestran esas grietas entre sus verdaderos sentimientos y pensamientos, y sus declaraciones, aquello que comunicamos verbalmente a los otros, o sus actos, que poco tienen que ver con aquello que proclaman a los cuatro vientos. Los gestos también nos denuncian ese puente roto entre pensamiento o sentimiento y acción comunicativa. Dando rienda suelta a todo aquello que deseaban ocultar.
Hay actores y actrices que interpretan un papel que les encaja de tal forma, que cualquier interpretación posterior parece artificial y carente de gracia, en otros casos, algunos actores y actrices da igual que interpreten uno u otro personaje, pues su personalidad es tan fuerte que impregna las máscaras de ficción, y todos esos personajes tan aparentemente diferentes pasan a ser el mismo. Algo así sucede en la vida, a veces nos encontramos con situaciones o personas que encajan con naturalidad, en otras situaciones o con otras personas, todo parece artificial.
Tampoco hay que exagerar en nuestra culpabilidad colectiva, una cosa son esas mentirijillas que todos contamos, la mayoría bien intencionadas, aunque en algunos casos con un exceso de mal entendido paternalismo o indulgencia hacía las debilidades del sujeto al que dirigimos las mentiras, y otra el fingimiento que oculta el verdadero rostro tras la hipocresía en nuestro comportamiento social. No es lo mismo decirle a una persona a la que quieres que esa mañana su rostro resplandece a la luz del amanecer, aunque realmente pienses que ese querido rostro aún no ha terminado de despertarse, que decirle al mundo lo generoso o liberal que eres con los demás, cuando en realidad te comportas y te sientes como un egoísta o un conservador de cuidado.
La fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social, sobre esa necesidad de aparentar la generosidad y hermandad social que sentimos hacía los demás, a pesar de que lo que realmente pudiera suceder en nuestro interior es todo lo contrario. Y es difícil explicar, que sea de otra manera si nos atenemos a lo generosos que somos en público, sobre todo si es de boquilla, y lo que suele variar nuestro comportamiento en privado.
En algún lugar ley que todo hombre es sincero a solas, en cuanto aparece otro hombre empieza la hipocresía. Cierto es que, si seguimos con las confesiones colectivas, quién no ha sido hipócrita consigo mismo alguna que otra vez con tal de subir un poco la autoestima, o con tal de no caer en el más absoluto pesimismo ante alguna catástrofe que se nos viene encima. Siempre he pensado que no se puede ser optimista sin ser un poco hipócrita, sobre todo si miramos sin vendas en los ojos a nuestro alrededor. Pero lo cierto, es que la mayoría de las veces la sinceridad consigo mismo suele ser la norma, pues engañarse a sí mismo muy a menudo no deja de ser un billete directo al más espectacular de los fracasos. Es en lo social donde nuestros disfraces de actores y actrices cobran protagonismo, nada peor a nuestros ojos que presentarnos desnudos ante el escrutinio de los demás, posiblemente con razón, pues la crueldad del juicio ajeno suele ser inversamente proporcional a la indulgencia que tenemos con el juicio propio.
Tiempos líquidos los nuestros en los que las exposiciones a las redes sociales han multiplicado exponencialmente nuestra hipocresía social, y nos sumergimos cada día en ese hipócrita banquete de las vanidades de las redes sociales, donde la exageración y la hipocresía domina cada paso que damos. Antes de poner una foto para decirle al mundo lo triste que estamos, dedicamos un generoso tiempo a arreglarnos y buscar que foto podría lograr más aceptación en el juego de los Me gusta. ¿Quién realmente estando triste y jodido hace eso? eso le paso a un amigo de la infancia que durante años vivio de apariencias y termino suicidandose. Vivio con esos perfiles en los que nuestraba la vida de ensueño, entre caña, banquetes y amantes, salpicado todo ello con frases o memes que hicieron aparentar de cierta profundidad en esa bacanal de hipocresía social, más cercana al esperpento y a la apariencia de amistad, que a compartir con sinceridad aquello que merece la pena de nuestras vidas; alegrías y tristezas, caminos cerrados y encrucijadas, éxitos y fracasos, ilusiones y desilusiones, con aquellos que en verdad nos importan, o deberían ser los que en verdad nos importasen. Aquellos que se encuentran a pocos metros de nuestras vidas reales, pero a miles de kilómetros de nuestras hipocresías virtuales.
Y así, en el teatro de la vida deambulamos interpretando personajes, como actores ebrios en un escenario, improvisando diálogos bajo las ordenes de un director que hace años se ausentó, moviéndonos como bailarines al son de la tragedia, la comedia o la tragicomedia, deambulamos cegados por los focos, anhelando que baje el telón y suene el aplauso final de unos espectadores que ya hace tiempo desertaron del espectáculo.
Mención aparte merece la hipocresía del sometido, o de aquellos que prefieren la humillación que la rebelión, ante los abusos del poder y el ejercicio de la fuerza coercitiva que domina en tantos ámbitos autoritarios de nuestra vida; a veces la familia, a veces en la educación, a veces en el trabajo, a veces con amigos, a veces con amantes, a veces en la política. Tantos y tantos lugares donde el abuso lo escondemos bajo la hipocresía de pregonar que nos sentimos satisfechos, mientras nos sentimos humillados. Mantener la cabeza baja y aparentar hipócritamente que todo va bien, que nos sentimos contentos con una situación que no soportamos. Todo menos rebelarnos, todo menos cambiar las reglas de juego, todo menos denunciar el uso de esos dados marcados en el tablero corrompido de la vida.
El cinismo tiene un lugar destacado en ese banquete de las vanidades e hipocresías que dominan diferentes ámbitos públicos de nuestra vida en sociedad, como en la política. Y entiéndase política en un amplio sentido. Pues, aunque la importancia no sea la misma, hacemos política en una asociación de vecinos, en una ONG, en una organización política o en un Consejo Escolar. Muchas veces en esos ámbitos nos comportamos hipócritamente, con tal de conseguir nuestros objetivos. Mentimos, dejamos que nos recompensen con pequeñas regalías (sobornos, para ser más claros), manipulamos, etc. Y luego, con total cinismo denunciamos a los políticos, con mayúscula, que ejercen su labor en un ayuntamiento, parlamento, o cualquier puesto público, electo o a dedo, en donde se encuentren. Un poco cínico es actuar así en esos ámbitos y sin embargo lanzarnos a denunciar con grandes aspavientos la hipocresía de esos políticos. Al fin y al cabo, no pasa nada si nosotros en nuestro ámbito privado nos hemos beneficiado de pequeños abusos o trapicheos. Denunciamos con una cínica impostura la hipocresía de la política.
Y sí, puede que cuantitativamente y cualitativamente, el daño del comportamiento hipócrita de un político sea mucho mayor, pero si en nuestra vida privada no actuamos con honestidad, ese cinismo puede resultar más destructivo, que la denuncia de la hipocresía política. Porque al final, todo vuelve al descredito de cualquier actividad de servicio público, sea política, o sea en colectivos sociales. Al fin y al cabo, aquellos que nos conocen y ven como actuamos en privado y como denunciamos ese mismo comportamiento en público, no pueden sino pensar. Son (somos todos) igualmente hipócritas. Al igual que esa otra frase tan aplaudida de todos los políticos son iguales. Y ambos caminos, únicamente pueden llevarnos a un lugar llamado desesperación.
No se hunde el mundo por hacer creer que compartimos una sonrisa que no sentimos, o una pena que en nuestro interior se disuelve en indiferencia, a no ser, que en vez de hacerlo ocasionalmente y en situaciones sin importancia, lo convirtamos en norma y siempre con motivaciones egoístas, siempre para protegernos y aprovecharnos de la generosidad de los demás. Si eso se produce, deberíamos ser conscientes que esos abismos entre nuestros sentimientos, deseos, pensamientos, por un lado, y nuestras palabras y acciones por otro, siempre terminan por dejar heridas en los cristales de la amistad, del amor, de la generosidad, y bondad que protegen nuestro corazón, y al final, sucede como con todos los cristales, si sufren demasiados golpes, tarde o temprano se resquebrajan.
Eccio Leon
@el54r