La ira no es buena compañera
Por Maytte Sepulveda: Antes de reaccionar es mejor contar hasta diez, respirar profundamente y calmarse para evitar que la situación empeore
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La ira es una respuesta emocional a una amenaza externa donde, producto de las circunstancias que enfrentamos, nos vemos en la necesidad de luchar para protegernos o defendernos de algún peligro. Pero aun cuando es una emoción necesaria para nuestra supervivencia, cuando se convierte en nuestra asidua compañera o se transforma en una actitud de enojo permanente, es el enemigo número uno de nuestro bienestar. Porque todos los extremos son negativos.

Podemos manejar este enojo permanente, que amenaza nuestro bienestar y la buena relación que tenemos con las demás personas, si estamos dispuestos a resistir el impulso de reaccionar, a tomarnos el tiempo para pensar antes de hablar o actuar y a ser más pacientes y tolerantes, empáticos y flexibles en todo momento. Recuperar el balance de nuestra vida emocional y asumir la responsabilidad de nuestros actos nos permitirá vivir de una mejor manera.

Cada vez que el enfado se apodere de nosotros y sintamos el impulso de descargarnos en una persona que no tiene nada que ver con lo que nos pasa, detengámonos antes de reaccionar y preguntémonos sin con lo que vamos a decir o a hacer podemos solucionar, contribuir o mejorar la situación.

Herramientas para manejar el enojo

Practicar un “calmo control”. Ante cualquier situación que te irrite o te moleste muchísimo, evita reaccionar inmediatamente, cuenta hasta diez –o hasta veinte si fuese necesario–, respira profundo y cálmate. Practica la respiración consciente, el yoga y sobre todo la meditación. Estas herramientas te ayudarán a serenarte y a tomarte el tiempo necesario para elegir la mejor forma de hablar y de actuar en ese momento.

Expresar lo que guardas. Para que puedas evitar acumular ira y resentimiento, necesitas aprender a expresar asertivamente lo que piensas y sientes. Hazlo con un lenguaje claro, directo y objetivo.

Ser paciente. La paciencia y la tolerancia nos ayudan a prevenir la ira y la frustración que sentimos cuando las cosas no salen como lo esperábamos o los demás no actúan como creemos que deberían hacerlo. Son dos emociones muy negativas que atentan contra nuestro bienestar y el de la relación que mantenemos con los demás. A través de la paciencia aprendemos a aceptar las diferencias y a enfocarnos en lo positivo antes que en lo negativo.

Resistir la reacción. Aprende a contener el impulso de decir lo primero que te pasa por la cabeza sin pensar en el efecto que vas a causar con ello. Tómate unos segundos para pensar en la mejor manera de expresar lo que sientes o piensas en ese momento. Más tarde pregúntate que fue lo que te molestó realmente, tal vez descubras la verdadera causa de tu alteración y puedas trabajar en ello para sanarlo.

Evitar estar a la defensiva. Aprende a escucharte sin juzgarte para reconocer el tono emocional que usas cuando hablas, las palabras que dices y los comentarios que haces. Así podrás canalizar las emociones negativas que te llevan a actuar de esa manera.

Asumir la responsabilidad de recuperar la calma. No podemos evitar o modificar el comportamiento y la actitud de otras personas, pero sí podemos mejorar la forma en la que vamos a responderles. Eres dueño de tus pensamientos, sentimientos y emociones, eres tú quien puede decidir si te vas a dejar afectar por lo que otros te dicen o hacen. Recupera las riendas de tus emociones y de tu vida.

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