Héctor Torres (1968) es escritor, cronista y promotor cultural venezolano
El Rockero del Naiguata
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Por Eduardo Sánchez Rugeles


En esta VueltaEnU, exploramos su afición juvenil al heavy metal, sus años como estudiante de Informática y su paso por la ciudad de La Victoria, hasta su consolidación como una de las voces literarias más lúcidas sobre la Venezuela contemporánea. La huella del bisonte (2007), Caracas muerde (2012) y Objetos no declarados (2014) son algunas de sus obras más reconocidas.


SABANA GRANDE, CARACAS. 1980
Un adolescente introvertido, con el cabello largo y vestido de negro, revisa la sección de heavy metal de la Discotienda de Oro. Tiene veintiocho bolívares en efectivo por lo que solo puede comprar un álbum. El dilema es complejo: AC/DC, Iron Maiden, Saxon o Judas Priest. Hallowed Be Thy Name es su poema épico, su Ilíada personal. Desde muy pequeño, Héctor se siente un outsider. Tiene la sensación de que no encaja en ninguna parte. La furia del hard rock es la única experiencia que le permite construir algo parecido a una identidad.

UN JOVEN SOLITARIO
Cuando era niño, Héctor vivía en las residencias Naiguatá, un edificio de la Avenida Sucre. El vecindario era una zona de mucho tránsito, de una clase media en permanente desgaste. «No sé por qué, pero yo nunca me identifiqué con los referentes de mi generación y de mi entorno. Siempre fui un desclasado», comenta reflexivo.
El colegio también fue un lugar extraño. Héctor estudió bachillerato en el liceo Jesús Obrero. No fue un mal estudiante, pero las lecciones de Steve Harris, bajista y fundador de Iron Maiden, eran más interesantes que las arengas de sus maestros de primeras letras. Nunca conectó con otros géneros musicales, ni siquiera con la Fania, en el momento de mayor esplendor de la salsa brava. Los rockeros de Catia no tardaron en reconocerse y compartir sus entusiasmos. Los primeros amigos de Héctor fueron aquellos rebeldes, entrañables y sin causa.

EL ESTUDIANTE DE INFORMÁTICA
La casa era un espacio de seguridad. Héctor es el menor de tres hermanos. Su abuela y su mamá, Rosa Carrillo, lo protegían y lo mimaban con exceso. En el apartamento había una pequeña biblioteca. Rosa estaba afiliada al Círculo de Lectores y la estantería estaba repleta de títulos eclécticos: narrativa contemporánea, bestsellers de moda, novelas negras, clásicos universales y latinoamericanos. Las primeras lecturas fueron intuitivas y curiosas. La literatura lo sedujo desde entonces. Cuando terminó el bachillerato, decidió estudiar una carrera que le gustaba y para la que tenía grandes aptitudes: Informática.

Durante los años de formación en el ISUM (Instituto Universitario de Mercadotecnia), Héctor siguió siendo un joven introspectivo y melancólico, aficionado al heavy metal. Tenía una gran facilidad para comprender la lógica interna de los algoritmos y los laberintos de la programación. «Valoro muchas cosas de aquella experiencia, porque la computación, a fin de cuentas, no es más que una comprensión de nuestra inteligencia, una réplica artificial del cerebro», afirma con convicción. Héctor fue un estudiante sobresaliente, preparador de jóvenes que entraban a los primeros semestres. Circunstancias imprevistas, sin embargo, no le permitieron terminar la carrera. Una serie de asuntos personales lo hicieron mudarse a La Victoria donde, de manera imprevista, entre tertulias y charlas de sobremesa, dio sus primeros pasos como gestor cultural.

FICCIÓNBREVE
«FicciónBreve fue una base de datos, una lista de correos, un inventario de actividades culturales, algo que hacíamos para intentar estar al día con la vorágine editorial de aquellos años», explica retraído.
La Venezuela del cambio de siglo tuvo una actividad cultural enérgica. Los lectores locales, aturdidos por el impacto de la vida política, volvieron la mirada sobre el país. Muchos periodistas esbozaron interpretaciones sobre el presente en libros de entrevistas, crónicas y reportajes. El ensayo histórico se convirtió en el género literario predilecto de una ciudadanía que no entendía muy bien lo que le estaba pasando y que a través de los libros procuraba comprender la singularidad de su destino. Muchos autores de ficción encontraron un espacio en las librerías venezolanas y, poco a poco, los lectores volvieron la mirada sobre los creadores contemporáneos.

El librero Andrés Boesner, propietario de la librería Noctua, solía decirle a Héctor que antes de aquellos años de bonanza, la actitud de muchos lectores solía ser hostil y desinteresada. «¿Un autor venezolano? No, no me interesa. Eso debe ser malo», decían con desdén al visitar la librería. Pero eso cambió. La vida cultural en la primera década del siglo acumuló un conjunto de eventos, conversatorios, recitales, tertulias y festivales en los que FicciónBreve mostró su carta de presentación y se convirtió en un significativo punto de encuentro.

La mudanza a La Victoria transformó a Héctor en un entrañable aragüeño. Cuando habla de sus años en Aragua lo hace con afecto, con una memoria enérgica en la que se remueven vivencias románticas. En La Victoria conoció a su compañera de tribulaciones y afectos, Lennis Rojas, y tuvo el impulso de escribir su primer cuento; una intensa, y a su juicio fallida, imitación de Borges: un sueño dentro de un sueño. Un hombre que soñaba que era otro y despertaba dentro una pesadilla infinita. Héctor disfrutó el ejercicio, aunque el resultado no le gustó. Sin embargo, el impulso creativo le reveló una vocación latente.

LA HUELLA DEL BISONTE
Cuando Héctor regresó a Caracas, su trabajo como gestor cultural era conocido en el ambiente libresco. El boletín de FicciónBreve generó redes, amistades, vínculos creativos. El arrebato borgeano lo motivó a inscribirse en los talleres literarios del CELARG, donde compartió largas jornadas con escritores a los que admiraba y con nóveles autores que, como él, soñaban con escribir un libro.

En ese espacio, nació la idea germinal de su novela La huella del bisonte. La extensión era imprecisa. «Primero fue un cuento, luego un cuento largo, más adelante una noveleta». La historia estaba en permanente construcción. El argumento sobrevivió a una experiencia colectiva que había maquinado junto a varios amigos del CELARG: una antología de cuentos inspirados en el plot de la Lolita de Nabokov. Muchos autores se entusiasmaron con la idea y se comprometieron a participar en la antología, pero Héctor fue el único que escribió el relato. Y la historia fue creciendo, mutando, dando giros imprevistos. Las observaciones de Oscar Marcano fueron estimulantes y constructivas. La huella del bisonte resultó finalista de la Bienal de Novela Adriano González León y desde entonces la carrera literaria de Héctor se ha consolidado como una referencia ineludible de las letras venezolanas. En los últimos años, sin embargo, la crónica le ha ganado la partida a la ficción.

EL CRONISTA INCESANTE
Las crónicas de Héctor son lecturas sagaces, penetrantes y exploradoras de la idiosincrasia venezolana, una aproximación cálida al más flemático volkgeist criollo. Caracas muerde (2012) y Objetos no declarados (2014), entre otras obras, conforman un lúcido tratado de sociología, supervivencia y visceral urbanismo.

El afán por lograr una comprensión honesta del país llevó a Héctor a aceptar la invitación de Albor Rodríguez para participar en la ejecución de un ambicioso proyecto literario y periodístico. El conjunto de textos reunidos en LaVidadeNos devela una sagaz, estremecedora y transparente historia contemporánea de Venezuela. Los protagonistas de las crónicas son personas comunes, hombres y mujeres sencillos. LaVidaDeNos es una sala de espera, una terapia colectiva en la que se comparten las fisuras, las heridas y las fortalezas de una sociedad altiva, pero exhausta. «Hay mucha belleza en esos testimonios, pero también dolor», confiesa Héctor. «Para nosotros ha sido una satisfacción inmensa haber abierto ese espacio al que muchas personas se han acercado a contarnos su historia»

LA POÉTICA DEL VENCIDO
«En lo personal, gran parte de mi trabajo creativo se ha convertido en una reflexión sobre la derrota. Hace unos años, algunos líderes de oposición radicalizaron un mantra: el que se cansa pierde. Creo que esa afirmación es cruel y ofensiva. Decir eso es irresponsable, es desconocer por completo el coraje, la persistencia y la dignidad de una ciudadanía devastada. El cansancio es legítimo, porque confrontar un enemigo indolente supone hacer sacrificios extremos. El conjunto de pérdidas es inmenso (asesinatos y cautiverios de seres queridos, traiciones, manipulaciones, hambre). El agotamiento es una consecuencia natural frente a los continuos atropellos del poder. Pero yo no le tengo miedo a la derrota. Al contrario, creo que los pueblos que han asumido la derrota son los que se han replanteado su lugar en el mundo. Tengo la sensación de que Venezuela, después de todos estos años difíciles, ha comenzado a entender lo que le pasó, sin hipocresías ni populismo. Y lo digo, sobre todo, por las nuevas generaciones. En La Vida de Nos hemos encontrado las voces de una sociedad activa, que quiere decir presente a través de la palabra, contando sus historias personales, narrando cómo sobrevivieron a la demolición. Yo creo que ese nivel de compromiso, esa hondura, esa reflexión después de la caída solo te la da el dolor y nuestro proyecto le ofrece al mundo los testimonios más genuinos del país que nos ha tocado vivir», dice con convicción.
Las reflexiones sobre el presente traen a la memoria de Héctor un suceso ocurrido a finales de los años noventa, cuando la popularidad del candidato presidencial Hugo Chávez Frías era enérgica e imparable. La campaña aragüeña exigía una parada en La Victoria. Los organizadores del mitin trancaron una calle, montaron una tarima frente a un instituto universitario. Los andamios bloqueaban la entrada del recinto. Los estudiantes no tenían manera de entrar o salir. Respetuosamente, el director del centro se dirigió a uno de los responsables del mitin y le pidió, por favor, que movieran un poco la tarima para que el acceso al instituto no se viera comprometido. Aquella experiencia le permitió a Héctor entender el trasfondo del discurso político emergente, el argumento emocional de la Quinta República, su idea de ciudadanía. El jefe de campaña, disgustado por la solicitud, tomó un parlante: «¡Compañeros! A los niños ricos de esta universidad no les gusta juntarse con pata’en el suelo como nosotros. Nuestra presencia les molesta. Nos piden que nos quitemos de en medio, pero nadie nos quitará. No nos vamos a ninguna parte». Ferocidad. Arrogancia. Resentimiento. Ira. Vocabulario castrense. «Este pequeño suceso fue la síntesis de lo que vino después y contra lo que hemos tenido que hacer frente durante veinticuatro años».
La gestión cultural continúa, al igual que la escritura. Héctor es un trabajador infatigable y ejemplar, respetado y apreciado por sus compañeros de oficio y por un creciente público lector. Actualmente, le preocupa la falta de referentes culturales en Venezuela, la desaparición de las ferias de lectura, el hundimiento de las editoriales y librerías, la orfandad ante la tradición. «Aquí todo hay que hacerlo», alega entusiasta. «Y eso es parte de nuestro compromiso. Hay que levantar la cara, seguir adelante. Asimilar el agotamiento y los reveses para afrontar el presente con coraje y ganas de vivir».

Casapais
LA REVISTA DE LITERATURA IBEROAMERICANA