Manuel Salvador Ramos
El 4 de mayo de 1970, la Guardia Nacional del Estado de Ohio, U.S.A., acribilló a un grupo de estudiantes universitarios desarmados que se manifestaban contra la guerra de Vietnam en la Universidad Kent State. Una descarga mortífera de 67 disparos mató a cuatro estudiantes e hirió a nueve mas, generando una negra mancha en la memoria nacional.
Es obvio que el recuerdo de esa tragedia viene a nuestra mente por una notable coincidencia histórica. Ha sido este mes, al cumplirse un cuarto de siglo de esa tragedia, cuando Donald Trump ha iniciado una ofensiva contra la Universidad de Harvard, y para hacer mas hondo el paralelismo, es también la guerra el leiv motiv del conflicto. Por supuesto, KENT STATE, como se conoce a ese centro de educación superior situado en el noroeste del Estado de Ohio, es una mediana universidad estadal con parámetros y dimensiones evidentemente diferentes a una institución como HARVARD, pero aún en ese contexto tiene un importante relieve. Fundada en 1910, la Universidad Estatal de Kent se encuentra a unos 60 km de Cleveland y cuenta con más de 40.000 estudiantes distribuidos en sus ocho campus, siendo una de las mayores universidades estadounidenses.
EL GRITO DE REBELDÍA
Las protestas masivas contra la guerra Vietnam se habían estado gestando desde 1965, atrayendo a amplias mayorías universitarias y también sectores de la clase trabajadora. En ese año ocurrieron manifestaciones en la Universidad de Berkeley, y como es sabido, el presidente Lyndon B. Johnson se vio obligado a retirarse de su campaña de reelección en marzo de 1968, sin dejar de lado los violentos enfrentamientos acaecidos ese mismo año en Chicago con motivo de la Convención Demócrata.
Pero en la ancestral Indochina la sangrienta guerra continuaba aún después de la elección de un nuevo mandatario en 1968. Así, en la segunda quincena de abril de 1970, el presidente Nixon ordenó una nueva ofensiva y decidió que tropas estadounidenses cruzaran la frontera con Camboya para destruir las bases de apoyo y rutas de abastecimiento de las fuerzas norvietnamitas. Al mismo tiempo, trazó planes para redoblar la represión contra la oposición a la guerra en Estados Unidos, previendo que las inevitables protestas a generarse tendrían que aplastarse sin contemplación, porque el ambiente producido por ellas entorpecía sus estrategias globales.
En los días posteriores al 30 de abril, día en el que Nixon anunció la escalada e intensificación de la guerra, estallaron protestas en varias universidades del país y Kent State era solo una mas de ellas. Desgraciadamente, el curso de los acontecimientos llevó hasta esa pequeña localidad un giro trágico.
En realidad, Kent State no había sido un foco de protestas radicales. Una manifestación contra la guerra, convocada a principios de ese año, atrajo sólo a 100 personas en un campus de 21.000 estudiantes.

Pero como está dicho, fue la invasión de Nixon a Camboya lo que galvanizó la oposición en todo el país. Así entonces, unos 500 estudiantes se reunieron para una protesta el 1° de mayo. Las mismas continuaron durante el fin de semana, y en la noche del sábado 2 de mayo, los ánimos se encontraban en punto de ebullición y un edificio del ROTC (Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva), ubicado dentro del propio campus, fue incendiado y quemado. Ante la gravedad de ese hecho, el alcalde de Kent, Leroy Satrom, declaró el estado de emergencia y pidió al gobernador de Ohio, James Rhodes, que enviara la Guardia Nacional.
En esos días, algunos pelotones de esa fuerza estadal se encontraban en las cercanías de Kent, ya que habían sido movilizadas por el gobernador en un intento de aplastar una huelga de camioneros en la vecina población de Akron.
Llegaron a Kent en pocas horas, acompañados por vehículos blindados e inmediatamente chocaron con más de mil manifestantes. Los 900 soldados comenzaron a disparar cientos de rondas de gas lacrimógeno y amenazaron a la multitud con sus bayonetas, hiriendo a un estudiante. Más de 100 estudiantes fueron arrestados, la mayoría por violar el toque de queda impuesto por el gobierno de la ciudad.
El domingo 3 de mayo, el propio gobernador Rhodes llegó a Kent para supervisar la represión de las protestas antiguerra. Cientos de manifestantes realizaron una sentada cerca del campus, presionando demandas como la abolición del ROTC, amnistía para todos los detenidos y la salida de los guardias nacionales de la ciudad. Las tropas utilizaron gas lacrimógeno y bayonetas para romper la manifestación y tratar de conducir a los estudiantes de vuelta al campus.
LA TRAGEDIA
Ya en la madrugada del 4 de mayo era notorio que el despliegue de fuerza del gobierno solo había logrado fortalecer la resistencia de los estudiantes. Tres mil personas se agolparon en Blanket Hill, la calle principal de la ciudad, voceando consignas de protesta a la altura del acceso a la universidad. Una hilera de soldados de la Guardia Nacional se puso de rodillas, apuntó sus rifles, y usando megáfonos, sus jefes ordenaron disolver la multitud, advirtiendo que si eran desobedecidos dispararían. Los estudiantes, desafiando la amenaza, permanecieron firmes y al menos 28 de los 70 hombres en la unidad abrieron fuego de ráfaga, iniciativa que luego fue “justificada” por la Guardia Nacional por la circunstancia de una supuesta discusión violenta con los que conformaban la vanguardia de la manifestación. Las investigaciones posteriores nunca han dejado claro lo relativo a ese detalle, pero si está establecido que cuando los guardias nacionales abrieron fuego, ello no fue respuesta a un ataque o carga repentina de los estudiantes, o, por lo menos debido al lanzamiento de rocas, botellas u otros objetos. Fue una actitud calculada y dirigida por varios guardias que dispararon sus rifles.
Los cuatro estudiantes asesinados tenían entre 19 y 20 años. Dos de ellos, Allison Krause y Jeffrey Miller, estaban entre los manifestantes anti-bélicos, aunque ninguno de ellos se ubicaba a menos de 50 metros de los soldados cuando abrieron fuego. A Miller le dispararon en la cara y murió instantáneamente; a Krause le apuntaron en el pecho y murió unas horas más tarde. Los otros dos estudiantes que murieron ni siquiera estaban involucrados en la protesta: Sandra Scheuer, una estudiante de honor en terapia del habla, y William Schroeder, un estudiante de psicología que se encontraba caminando y se vio envuelto en el tumulto. A la joven Scheuer le dispararon en el cuello y murió casi inmediatamente. Schroeder, se tiró al suelo cuando comenzó la ráfaga de disparos, pero aún en esa postura, una bala de alta velocidad le dio en el pecho y murió una hora después.

Los nueve estudiantes que resultaron heridos estaban a varias distancias de los soldados de la Guardia Nacional. Dean Kahler, de 20 años, el más grave, ha pasado el resto de su vida en una silla de ruedas, dado que una bala que le cortó la médula espinal. Como consecuencia de la gravedad de esa herida tuvo complicaciones posteriores y por ello sus piernas fueron amputadas años más tarde.
OCULTAMIENTO Y FALSEDADES
Aunque Nixon no dio la orden de disparar, ayudó a crear el clima político para la violencia al catalogar a los manifestantes estudiantiles antiguerra como “vagos” sólo unos días antes. Por su parte, el ya aludido gobernador James Rhodes, cargó contra los manifestantes con estas acusaciones: “Son el peor tipo de gente que albergamos en América. Creo que estamos enfrentando al grupo revolucionario más fuerte, bien entrenado y militante que jamás se ha reunido en América”.
Asimismo, inmediatamente después de los hechos, se pretendió moldear una versión "oficial" de los acontecimientos, tergiversando la historia de Kent State. La versión mas utilizada fue hacer ver la manifestación como "una tragedia en que los jóvenes y honestos miembros de la Guardia Nacional, tuvieron que balacear (bis) a sus iguales en defensa propia"... una visión grotesca y falsaria que ni por asomo admitía responsabilidad alguna de las autoridades.
Los asesinatos se transformaron en símbolo de la brutal determinación del gobierno a defender su poder a cualquier precio. El nombre de Kent State se constituyó en el grito de batalla de una oleada de lucha. En las universidades que ya estaban en huelga se atizó la ira e incluso tal sentimiento alcanzó a instituciones antes tranquilas, rurales y aisladas. Los centros de reclutamiento y las instituciones de investigación estratégica y militar localizados en universidades, fueron atacados y destruidos en varios sitios del país. Los estudiantes, en busca de nuevos conocimientos políticos y de oportunidades para debatir, se apiñaban en conferencias y además, liberaron edificios enteros y los convirtieron en centros de actividad día y noche. Se formaron escuadrones de activistas para producir folletos y volantes a ser distribuidos en otros centros universitarios y en escuelas secundarias e incluso en fábricas.
A fines de la década del 70, se hicieron planes para borrar para siempre la memoria de la masacre de Kent State construyendo un gimnasio en el lugar de la confrontación del 4 de mayo. En 1977 y 1978, universitarios de todo el país (la mayoría estudiantes de secundaria se trabaron en combate con la policía de Kent, derribaron las cercas de construcción y ocuparon repetidamente el viejo campo de batalla. Así reavivaron la memoria y las lecciones de Kent State; pero desafortunadamente, con el paso del tiempo se construyó el gimnasio. En síntesis, tanto la administración de Nixon, el gobierno estatal de Ohio y todos los gobiernos estatales y federales posteriores, junto con los tribunales donde se han ventilado causas atinentes, han mantenido una intransigente defensa de los tiroteos en cuanto a su justificación legal y sólo a regañadientes han tolerado algunas admisiones oficiales en las cuales se admite que los tiroteos producidos por la Guardia Nacional fueron “injustificados” y “lamentables”.
En el presente, la lógica interrogante con la cual debemos cerrar esta nota nos hace fijar la atención en la bochornosa agresión de Donald Trump contra la Universidad de HARVARD, símbolo mundial de excelencia, presumiéndose que tal actitud alcance otras universidades prestigiosas de U.S.A. Es cierto que el mundo de hoy haría imposible la repetición o siquiera el intento de dibujar circunstancias que prevalecieron hace cincuenta años, ya que los marcos culturales han desarrollado patrones distintos para encauzar las vías conflictivas, pero también es cierto que avanzados los primeros cinco lustros del siglo, vemos perplejos como la hasta ahora primera potencia mundial está dirigida por un mandatario que combina su arrogancia autoritaria con una muy peligrosa inestabilidad emocional.
Meditamos y dudamos…REFERENCIAS:BACKDERF, Derf
“Kent State” Historia en gráficos. Editorial Astiberri. Bilbao, 2022.
ORO, José R.
“El horrible crimen de la Universidad de Kent”CUBA DEBATE (
httpp:/www.cubadebate.cu) Mayo, 2025
RIVERO, Jacobo
“Una masacre en el corazón de los Estados Unidos”Diario EL PAÍS. Madrid, 20 de marzo de 2022