
En una ciudad como Nueva York que nunca se detiene, donde las ideas compiten con la misma intensidad que las luces de neón, hay historias que logran abrirse paso con una mezcla de rigor y autenticidad. La de esta emprendedora venezolana es una de ellas: un recorrido que comienza en Caracas y encuentra en la Gran Manzana el terreno fértil para transformar la ciencia en un lenguaje cotidiano.
“Me fui de Venezuela en 2011, que ahora que lo pienso, ya es muchísimo tiempo”, recuerda. Su formación no es casual: estudió química y luego cursó un máster en salud pública, una combinación que hoy define su mirada crítica sobre la industria de la belleza. Lejos de quedarse en el laboratorio, decidió dar un paso más allá y fundar FORMUL-A, una marca que apuesta por “utilizar la ciencia para optimizar las rutinas de belleza”.
Nueva York, dice, ha sido clave en esa evolución. “Es una ciudad con un ritmo muy acelerado, donde el sentido de oportunidad se siente infinito… ¡me encanta!” En ese entorno vertiginoso, encontró no sólo inspiración, sino también una comunidad ávida de información rigurosa. Su salto al mundo digital ocurrió casi por accidente, mientras trabajaba como asistente en un podcast universitario. Pero fue durante la pandemia cuando todo cambió: “Empecé a ver muchísima desinformación en redes sociales. Pensaba: ‘alguien debería estar combatiendo esto’”. Al no encontrar quién lo hiciera “de forma consistente”, decidió asumir el rol. Meses después, su audiencia se multiplicó de forma exponencial.
Su discurso conecta porque desmonta mitos con precisión quirúrgica. En el cuidado capilar, por ejemplo, insiste en que el problema no está en la falta de productos, sino en los hábitos. “El error más común es tener hábitos diarios muy dañinos y luego intentar compensarlo con mascarillas”, explica. Su enfoque es claro: “Prevenir el daño es mucho más efectivo que intentar repararlo”. De ahí su rechazo frontal a tendencias virales sin sustento: “Dejen de ponerse aguacate y ensaladas en la cabeza y usen productos formulados por expertos”.
Esa filosofía preventiva se convirtió en el ADN de su marca. El primer producto -una toalla de microfibra diseñada para reducir la fricción y la rotura de la cutícula- no surgió por casualidad, sino de detectar una necesidad concreta: “Quería crear un producto con base científica que, además, resolviera un problema real”, afirma. Sin embargo, el camino no estuvo exento de dudas: “La noche antes del lanzamiento lloré pensando: ‘¿y si nadie compra el producto?’”. La respuesta llegó rápido: en pocos meses, agotaron inventario.
Detrás de su presencia digital hay una disciplina poco visible. “Son múltiples ‘carreras’ paralelas”, dice sobre el equilibrio entre crear contenido, gestionar su empresa y desarrollar nuevos productos. Aún así, mantiene una visión clara de futuro: escalar FORMUL-A, llevarla a grandes ligas y, eventualmente, venderla a gigantes de la industria. Después, quizás, volver a la academia para hacer un doctorado.
Si algo define su trayectoria es la coherencia entre discurso y práctica. Le fascina “coleccionar, analizar, usar y calificar productos de cuidado del cabello”, así que no dejen de seguirla en Instagram @alexandrarriaga para tener información basada en ciencia.