Un criollísimo inmigrante asiático
Por Evarísto Marín: El sabroso mango de nuestras jaleas, aderezo de ensaladas y formidable aliado de la salud es originario de la India
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Nuestro criollísimo inmigrante asiático, el mango, llegó desde África por Brasil, en los barcos negreros navegados por los portugueses. Eso de “criollísimo inmigrante” se lo leí a Rafael Sylva Moreno en una revista de la Electricidad de Caracas (marzo de 1979) y me parece una expresión muy acertada. Eso nos dice que tenemos mangos desde la época de la esclavitud. A Venezuela, según Arístides Rojas, el mango debió llegar de Brasil alrededor del año 1700. Por lo tanto, con su antaño y criollo sabor, tiene bien merecido su derecho a la naturalización.

A Luis Mariano Rivera le sobra razón cuando defiende su exquisitez ante la apetitosa y anglosajona manzana. El mango es parte de nuestro folklore y de nuestra música.

“Cual me gustaría comer, / entre el mango y la manzana, / contestaré, amigo mío, / que el mango me da más ganas. / El mango lo como yo, / también lo comió mi abuelo, / además, tiene el sabor / que sale de nuestro suelo”.


Adobados y en trocitos los ofrecen en Puerto La Cruz

El manguero, merengue de César del Ávila, popular cantor de la Caracas de los años 40 y 50 del siglo XX, exalta lo abundante y barato de los mangos en carreta, a “veinticinco por medio (cien por un bolívar) y goteaditos para las muchachas”.

El mango de nuestras jaleas y caratos, ese que disfrutamos como gran aderezo en ensaladas y nos da salud con el agua de sus hojas para dolencias musculares, puede ser descrito como un venezolano muy antiguo, originario de la India. En nuestro país es fruta muy buscada desde Guayana y Oriente, hasta el Zulia, los Andes y el llano. 


Es una de las más exquisitas frutas en Venezuela, las Antillas y Florida

Con su pulpa verde, los hindúes preparan salsas y picantes. Chutney le dicen en Trinidad. Con adobo y sal, el mango verde es algo que desvive a los muchachos de ahora. En Puerto La Cruz lo ofertan en mercados y calles, adobados en trocitos, en bolsitas y vasos plásticos. El agua de la semilla, pelada y hervida, favorece la fertilidad femenina.

El cultivo del mango es muy abundante en Venezuela, las Antillas y Florida. Flor Aguilera, margariteña de Paraguachí, cultivó más de 20 variedades cerca del campo de la Dowel, en El Tigre de Anzoátegui.

Si es verdad que los portugueses lo trajeron en sus barcos, no tengo por qué dudar que en Irapa y otras regiones de Paria se cultivó primero que en Chacao, Cumaná y La Asunción, donde se dan muy sabrosos. A los mangos concha verde, traídos de costa firme por la familia Brito y cultivados en La Sierra y otros lugares de Margarita, se les conoce como “mangos briteños”.


Mangos de la India


De la exquisitez de los mangos y la admirable intelectualidad de la gente, en la capital de nuestra Isla se popularizó un refrán: “En La Asunción hasta los mangos son bachilleres”. De las jaleas, son famosas las de Cumaná, Maturín y San Juan Bautista.

Se desconoce si Bolívar comió o no comió mangos en Angostura, en la época de su famoso Congreso, en 1819, pero en su libro Viaje a las regiones equinocciales, Alexander de Humboldt da fe de la generosa sombra de los mangos en las riberas del Orinoco, en su expedición de 1800.

Cierta vez un amigo me preguntó qué me podía traer de Cumaná y le dije, chistosamente: “Si no me puedes traer una cumanesa, tráeme una jalea de mango”. En mi nevera nunca falta una.




Fotos:
 Alexis Caroles, Plinio Marín, Lola Tineo /Internet/ Archivo Evaristo Marín