Un amor de novela: la historia de la familia Vallés
Por Evarísto Marín: “Elías, esos carros tuyos llevan, pero no traen”, le dijo Rosas Marcano al negarse a utilizar las limosinas negras de la funeraria para acudir a una velada de la República del Este
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“Elías Vallés triunfó en las urnas”. Su elección como presidente de la República del Este, peña literaria y bohemia en la cual eran célebres los discursos del poeta Caupolicán Ovalles, fue algo muy celebrado. Es que, en mucho, esa famosa y parrandera República era financiada por el propio Vallés, con escoceses de gran etiqueta.

Cuando Caupolicán se excedía por más de 25 minutos le cortaban el whisky por una hora. Por eso el Caupo –como le decía Vallés– al ir a discursear (en burlesca e imaginaria cadena de radio y TV) se colocaba al frente un reloj despertador.

Cuando contaba su historia de amor con Mireya Hernández –su recia esposa, guía de su corazón por un largo trecho de la vida – Vallés solía decir que en esos años “no tenía donde caerme muerto, ni mucho menos donde caerme vivo”.

Mireya no sólo fue su gran amor, también fue su gran suerte. Su vida bohemia y tormentosa comenzó a cambiar a partir del momento en que su primo hermano, Aquilino José Mata, le presentó a esa joven de hacendosa familia, finos modales y atractiva figura, que vestía en Caracas a la moda de París y de la Vogue americana de Diana Vreeland. Al decir del propio Elías, los de él y Mireya fueron unos amores de novela.


Elías Vallés con su hijo Eduardo y su esposa Mireya, al borde de la piscina de Solymar, en Margarita. La familia Vallés está entre los propietarios fundadores de esa edificación diseñada por el arquitecto Fruto Vivas

“Mireya me cambió hasta la manera de vestir”, confesaba, sin rubor. La cuestión –si a ver vamos – fue recíproca. Mireya también comenzó a cambiar. “¿Por qué usted y yo no nos enamoramos y nos casamos?”. Cuando le propuso matrimonio, ella, perpleja, solo se atrevió a preguntar: “¿Tú estás loco, Eduardo Elías, si apenas hace dos meses que nos presentaron?”, recordaba con humor. “Mireya no me dijo aquél día ni que sí, ni que no. Me sentí como cuando ya va a despegar el avión y uno está en la lista de espera...”

Aquel alto y perfumado reportero de Notirumbos, el periódico impreso en la radio, casi enloquecía en la búsqueda de un sí que tardaba en llegar. Tuvo que cambiar hasta de perfume. Mireya le veía porte de galán pero comenzó por objetar aquellos escandalosos vapores de Jean Marie Farina. “Los franceses exportan ese perfume, pero allá son escasos quienes lo usan”. Cuando recién presentados ella le anotó el teléfono en su libreta de reportero, no cabía de emoción, pero al día siguiente llamó cuatro veces y cuatro veces colgó, temeroso de estar sufriendo una equivocación. “Servicios funerarios Hernández, a la orden”, saludaba una muy seria y bien timbrada voz masculina. Ese día se enteró que ese teléfono era de una empresa de propiedad familiar en la cual –en época de servicios funerarios muy baratos– todos los escasos empleados, entre ellos Mireya, la administradora, eran de apellido Hernández.

Guayanés de la Camaruca –vecindario muy cercano a Upata–, Vallés se ufanaba de su familiaridad con su primo margariteño, Aquilino José Mata, quien al fundar Notirumbos con Germán Carias, lo pasó de locutor novato a improvisado reportero.


Elías Vallés en 1978. Su liderazgo en el negocio funerario floreció a partir de los años 70

La esmerada dicción de “su reportero y amigo Eduardo Elías Vallés” estaba en el centro del acontecer político cuando Rómulo Betancourt rompió relaciones con Cuba y logró expulsar de la OEA el régimen de Fidel Castro, a comienzos de los 60. En la voz de Elías Vallés los venezolanos se enteraron, a los pocos instantes, del atentado contra Rómulo, en Los Próceres. Ese día sus “flases” radiales (con estridentes fanfarrias) acapararon sintonía total.

Su matrimonio con Mireya Hernández lo convirtió en el gran modernizador del negocio funerario en Venezuela. En el ámbito oficial, el apellido de aquel destacado reportero pronto comenzó a ser “sinónimo de buen servicio fúnebre”, en abierta competencia con empresas de solemne tradición centenaria. “Llamen a la funeraria de Vallés”, decían los ministros y en Caracas comenzó a crecer la legión de quienes confiaban a su diligente atención aquellos momentos difíciles de velatorios y sepelios.

En 1964, Vallés asoció formalmente su apellido con los activos de la funeraria heredada por su esposa. Es así como surge Funeraria Vallés C.A., con Elías Vallés de presidente fundador.

Elías, siempre recordaba, con muy fino humor, una muy singular anécdota con Jesús Rosas Marcano, el talentoso poeta y periodista. Como era habitual, Elías convocaba algunas de las peñas literarias de la República del Este en su casa de Prados del Este. Un día le sorprende ver a Rosas Marcano bajar de un taxi. “Poeta, yo dejé unas limosinas para traer a los invitados desde la funeraria”, le recriminó muy cordialmente. Y Rosas Marcano, con su pausado hablar de La Asunción, le echó la mano por el hombro y le dijo con supersticiosa expresión: “No, Elías, esos carros tuyos llevan, pero no traen”.