Cena navideña con resiliencia
Por Ocarina Castillo D’Imperio: Me gusta recordar y repetir que somos lo que comemos, a nivel material, social y simbólico. Entre los clásicos, se dice que la alimentación es una suerte de bisagra entre los humanos y el orden de los seres sobrenaturales
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La comida ocupa un lugar importantísimo en nuestras vidas, no sólo por lo que significa desde el punto de vista fisiológico, sino muy especialmente por su función evocadora de recuerdos y sentimientos, tanto en nuestra vida cotidiana como en las ocasiones extraordinarias y rituales. La mesa constituye un centro de relaciones sociales e interculturales y de intercambios afectivos y comunicacionales. En torno a ella nos nutrimos y reparamos fuerzas, compartimos el placer, hacemos y evocamos la historia, nos identificamos con la geografía y el paisaje que cada plato expresa, nos envolvemos con el lenguaje de sus colores, texturas y aromas. 

Todas estas dimensiones se intensifican y amplifican hasta lo indecible en los tiempos navideños, porque sin duda, la mesa de la Navidad es la mesa de las emociones, del compartir y de la esperanza. El tiempo da cuenta del amasado histórico de nuestras tradiciones decembrinas, en las cuales a la práctica de las misas de aguinaldos y patinatas, montar nacimientos y belenes, recibir el cañonazo en la Plaza Bolívar y disfrutar de villancicos y aguinaldos, se suman las mesas en las que la estrella es la hallaca (con sus respectivos toques regionales y locales), acompañada de ensalada de gallina, pernil de cochino o más recientemente, pavo y el caraqueñísimo pan de jamón. 



No sabemos desde cuando la hallaca es la gran protagonista de nuestra comida navideña, pero sí tenemos referencias como la del Consejero Lisboa en 1852, al decir que, en Nochebuena, después de la misa de gallo, “…siguió la cena, en la que es de rigor que figure la ayaca, especie de pastel de carne con pasas, muy caliente y cubierto de pasta de maíz”. En 1884, Julio Calcaño la consideraba como un “…plato nacional muy estimado, que en la noche de Navidad nunca falta en Venezuela, en la mesa del pobre ni del rico” y por la misma época, la probó Madame Tallenay, señalando que constituía “… una golosina de Navidad en la cual se confunden lo salado, lo azucarado, lo picante y hace falta ser del país para apreciarlo”. 
 
Unas décadas después, como bien diría Francisco Pimentel (Job Pim), en las fiestas de Navidad y Año Nuevo, “…todo hará que el caraqueño se entusiasme y embarulle” entre hallacas y “…cocteles, esa gama de colores y sabores y perfumes”. Pero no siempre las mesas fueron tan espléndidas y divertidas, ni tan accesibles a todos los venezolanos por razones no sólo económicas, sino también políticas, tal como lo testimonia el Panchito Mandefuá de Pocaterra en la Caracas de principios del S. XX, cuando desde su condición de vendedor de billetes de lotería, se las arreglaba para alimentarse con una locha de ‘frito’, frutas y un buen guarapo, mientras se imaginaba una mesa de Navidad en la que entre velas y otros adornos, pudiera disfrutar de hallaca, pastel, una copa de vino y, para rematar, un buen café. Tampoco fueron Nochebuenas de puro contento familiar, las que Job Pim nos invita a recordar, al decir como en la Rotunda “…Muy cerca de tu dicha, a pocos pasos (…) hay hombres que se arrastran esta noche/ segregados del mundo sin derecho (…) muertos para el bullicio de la vida”. Así pues, incluso en tiempos difíciles como los que hoy vivimos, esa tradición se cuela con su energía festiva familiar, renovando el mensaje de esperanza y solidaridad que entraña la antigua y siempre fresca, historia del nacimiento de un niño en el pesebre de Belén.

De allí que la mesa navideña no sólo constituye un recurso para recordar –platos emblemáticos, escenas familiares, personas ausentes, viejos tiempos y lugares- sino que hoy se convierte en un lugar de resiliencia e innovación, de resignificación e innovación que nos permite, no obstante dificultades e incertidumbres encontrarnos, compartir, apoyarnos y, sobre todo, construir nuevos códigos de solidaridad y placer. 

Este año de pandemia y diáspora, estamos seguros que, en las próximas Nochebuenas con distintos horarios, climas y al calor de diferentes músicas y lenguajes, los venezolanos nos conectaremos espiritualmente y nos dejaremos abrazar por el olor de las hojas de plátano, para celebrar la fiesta de la vida y la pertenencia. Que la dulzura de cocinar juntos y compartir la mesa sea un buen y necesario ingrediente para reinventar el país que necesitamos.

Ocarina Castillo D’Imperio
Antropóloga, investigadora de la cultura y los sabores y miembro de la Academia Nacional de la Historia.