Bien pudiese ser que Donald Trump se convierta en la razón por la cual los dos candidatos demócratas prevalezcan
EEUU y la lucha por el Senado
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Por Alfredo Toro Hardy


Superados los intentos del golpe de Estado institucional desarrollados por Donald Trump, se pasa ahora a un nuevo capítulo: la lucha por el control del Senado Federal. En efecto, luego de los infructuosos intentos de Trump por separar el mandato de los electores de la conformación del Colegio Electoral, y no existiendo duda alguna con respecto a la elección de Joe Biden, el tema político clave es la conformación del Senado.

La elección pendiente de los dos senadores del estado de Georgia está en capacidad de determinar si Biden comenzará su mandato con el viento en popa o en su contra. De ganar los Demócratas las dos curules en juego la correlación entre los dos partidos en el Senado resultará paritaria, en cuyo caso el voto de desempate correspondería a la Vicepresidenta Kamela Harris. De ser ese el caso, Biden dispondría del control de ambas cámaras del Congreso y podría materializar una agenda política de amplio alcance. De perder los Demócratas uno o dos de dichos puestos, la presidencia Biden se vería sometida a las mismas políticas obstruccionistas que caracterizaron a seis de los ocho años del gobierno de Obama. Este último, en efecto, no pudo designar a un Juez de la Corte Suprema de Justicia que le correspondía ni llenar numerosos puestos de jueces federales vacantes, así como tampoco dar vida a buena parte de su agenda, ante la oposición de un Senado hostil.

El porqué el futuro de la balanza política de ese país depende de la elección de dos senadores en Georgia, responde a una situación atípica. Ello por dos razones. La primera se corresponde a una regla electoral propia de ese estado, la cual exige que un Senador para ser electo debe obtener más del cincuenta por ciento de los votos emitidos, lo cual no se obtuvo el 4 de noviembre. La segunda razón respondió al hecho de que, de manera inusual, en esta elección estuvieron en juego los dos escaños senatoriales de ese estado, en lugar de uno como hubiese correspondido.

El simple hecho de que dicha elección resulte competitiva, y que los Demócratas tengan la opción de ganarla, es también atípico. Georgia era considerada como coto cautivo de los Republicanos y el que Biden triunfase allí por 0,25 puntos porcentuales sorprendió a muchos. Desde 1992, cuando Bill Clinton triunfó, no se veía una victoria presidencial Demócrata en ese estado.

Bien pudiese ser que Trump se convierta en la razón por la cual los dos candidatos demócratas prevalezcan. Cuatro argumentos apuntarían en tal sentido. Primero, al estigmatizar y desestimular el voto por correo, el actual Presidente creó las condiciones que empujan a los Republicanos a votar en persona en medio del pico de una pandemia. A diferencia de los Demócratas, que se sienten cómodos con el voto por correo, los Republicanos deben arriesgarse al contagio para probar su convicción política. Sólo una movilización mayúscula es susceptible de lograr lo anterior, lo cual sin Trump en la competencia no es un supuesto dado.

Segundo, la narrativa de fraude electoral desarrollada por Trump resta credibilidad al sistema electoral ante los votantes Republicanos. Según una encuesta de Morning Consult, la confianza de los Republicanos en el sistema electoral de su país pasó de cerca del 70 por ciento a mediados de octubre de este año a cerca del 30 por ciento el 9 de noviembre. Es decir, una caída de casi 40 puntos porcentuales (Reed Richardson, “Republican Trust in Electoral Process Craters by 50%”, Mediaite, November 9, 2020). Tal desplome se hace sentir de manera particular en Georgia, donde los dos candidatos senatoriales Republicanos pidieron la renuncia del Secretario de Estado de ese estado, encargado de conducir las elecciones, para apoyar la narrativa de fraude de Trump. Ello a pesar de que dicho funcionario es un militante Republicano.

Tercero, los altos decibeles acusatorios del mensaje de Trump y todos sus esfuerzos por voltear los resultados de las elecciones, han logrado mantener movilizados a los Demócratas. Ello va a contracorriente de la desmoralización sufrida por los Republicanos, lo cual podría traducirse en la premisa de que desmoralización es igual a desmovilización.

Cuarto, la negativa de Trump a aceptar la derrota y su intento por alterar los resultados de la elección por vía de la manipulación del Colegio Electoral, son resentidos por los independientes y por muchos Republicanos moderados. Tal molestia se hace extensiva al silencio cómplice de los senadores Republicanos. Ello estimula la apatía electoral en estos grupos. Más aún, la razón fundamental que pudiese llevar a votar a muchos de ellos, en unas elecciones de estas características, sería la de evitar que la balanza del Poder Judicial pasase a manos de los Demócratas. Sin embargo, con el poder judicial bajo firme control conservador, su mayor incentivo para votar ya desapareció.




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