Es una especie de aduana creativa, cada quien escribe como puede y lo que quiere; yo por ejemplo permanezco fiel al papel y el bolígrafo
LA PÁGINA EN BLANCO
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Pedro Mosqueda

Cada quien escribe como puede y lo que quiere; yo por ejemplo permanezco fiel al papel y el bolígrafo.

Atrapo la idea, busco material de apoyo -hoy día es fácil- y negro sobre blanco hago un borrador. Ahí es que entra en acción el móvil. No soy de redes, uso WhatsApp de broma, sólo para llegar a mis escasos destinatarios: amigos, amistades que les gusta la lectura o apartan un tiempo para ello. Y en especial borroneo para complacer a un viejo amigo egocéntrico, es decir: yo.

Hoy se lo aclaré a un pariente.

-Están muy largos esos artículos, me dijo.

En este hobby que no te lean, o que te critiquen, no importa

Hay algo peor: la página vacía.
Ese abismo pulcro que no dice nada y lo dice todo.
Me pasa, abrí el cuaderno y apareció un silencio espeso, casi insolente.

La página en blanco.
La página vacía.
Esa página en blanco no es neutral o inocente. Te mira fijo, te desafía, se burla de ti.

¡No me vengas con un caliche!.

Ese es el problema, crees que ya todo está dicho o mal dicho. La inspiración parece un perro flaco: pidió comida, ensució el piso y parece burlarse de uno. ¡Suele ocurrir!.

"Pero hoy las musas han pasao de mí / andarán de vacaciones..."
Así lo cantó Serrat.

Sólo los genios. ¡Oh los genios! Bregan con eso y salen bien parados.

El joven William Faulkner hacía tareas domésticas en la casa del señor Sherwood Anderson, la familia lo veía escribir en sus ratos libres afincando en una carretilla y le preguntaron:

¿Qué escribe?
-Una novela, dijo.

La señora Anderson exclamó: ¡Dios mío!

Días después el señor Sherwood Anderson supo que necesitaba un editor; se le acercó y dijo que estaba dispuesto a llevarle la novela a un editor; eso sí, con una condición:
No deseo leerla, y soltó una carcajada.

En 1954 el diario El Espectador de Colombia envió a su joven periodista a cubrir una manifestación. El viaje fue muy largo. Cuando Gabriel García Márquez llegó se llevó una sorpresa:

La ciudad de Quibdo estaba en completa calma. Tal protesta no existe.

-No regresaremos a Bogotá sin información, le dijo a su fotógrafo.

Así que se ponen de acuerdo y "con tambores y sirenas" ambos convocan y organizan una concentración.
Pudo tomar fotos y escribir la crónica: "Historia íntima de una manifestación de 400 horas" y también escribe Gabriel García Márquez que la protesta duró 13 días, "nueve de los cuales llovió implacablemente".

El reportaje detalla que "bajo la lluvia los manifestantes lloraban, escribían memoriales y se lavaban en plena vía pública". El periódico se agotó.

Al gran William Faulkner y al Gabo la página en blanco no les ganó nunca, ni por cansancio.



Mario Vargas Llosa en Historia de un Deicidio comenta esa travesura del Gabo.

Sartre hizo famoso el Café de Floré en París. La gente iba para verlo escribir en bolígrafo. En ese local vencía la página en blanco. Tampoco le cobraban. Hemingway -en su casa- escribía parado y en calzoncillos. De otra forma no arrancaba.

EL LIENZO EN BLANCO

No es la primera vez que pasa. Le pasó a escritores gigantes, a pintores geniales, a compositores que de pronto dejaron de oír música.

Rossini colgó la pluma joven; Rimbaud se fue a vender armas (el negocio fue un fracaso); y más de uno cerró el taller jurando que ya no tenía nada que decir ni que pintar o esculpir.

Spoiler: siempre tenían algo que decir, lo que no sabían era cómo.



El lienzo en blanco no es falta de ideas. Es exceso de conciencia. Es saber demasiado. Es cargar con la historia, con lo ya dicho, con lo que uno escribió ayer y con lo que teme escribir mañana. Es una especie de aduana creativa:

—Documentos, por favor.

—¿Seguro que esto vale la pena?

Hoy me pasa eso.
Mañana hay que escribir, y el tema decidió escribirse solo: no hay tema. El blanco ganó la primera batalla. No se movió. No cedió. Yo tampoco.

Hay quienes dicen que la solución es disciplina. Sentarse. Escribir cualquier cosa. Pintar aunque salga mal. Puede ser. Pero también hay días en que la cabeza está llena y el corazón apagado, y no hay técnica que valga. Días en que el lienzo no quiere ser manchado, sino esperado. Incluso en los domingos llenos de tecladistas imparables como este.

Nos vemos por ahí





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