Natchaieving Méndez
Comienza el Carnaval y con esta celebración dos días de permiso colectivo para darse “ciertas” licencias en honor a la alegría. Es una festividad que llegó con la cultura europea, de las creencias cristianas en las que se otorgaba “permiso” los días previos al comienzo del Miércoles de Ceniza, que marca la cuaresma en vísperas de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
Son días en los que la alegría pareciera apoderarse del ambiente. Una de las características de esta celebración es el uso de disfraces, una suerte de excusa para desdoblarse de la personalidad cotidiana. Así, desde las populares negritas hasta personajes históricos, los disfraces no solo representan lo superficial, también es la oportunidad para exteriorizar el ser que, muchas veces, algunos reprimen es su cotidianidad.
Pero todo no son papelillos, globos y serpentinas, una de las costumbres -para muchos no tan gratas- es la de lanzar a otros: agua, pintura, huevos y otras sustancias. Con tanta variedad surge la duda: ¿Cuál es el origen de estas formas de celebrar el Carnaval?

El origen del Carnaval se remonta a Europa, en las celebraciones que luego el cristianismo bautizaría como paganas. Los primeros registros de esta festividad se encuentran entre los sumerios, hace más de 5 mil años, cuando estas poblaciones encendían hogueras para expulsar a los malos espíritus de la cosecha.
En este tiempo, los egipcios veneraban al dios toro Apis, al que asociaban a la fertilidad y los ritos funerarios. No está claro si estos pueblos antiguos decoraban sus cuerpos y rostros durante estas celebraciones, pero de acuerdo a los investigadores es probable que en ambas fiestas se desarrollaran en un ambiente de éxtasis, gozo y libertad, con profundo vínculo con la naturaleza y la divinidad.
Más adelante los griegos continuaron esta tradición con el culto a Dionisio, dios del vino y la vegetación, que era honrado en dos grandes fiestas: las dionisíacas en primavera y las Leneias en invierno. En ellas se hacían representaciones teatrales que narraban la vida de esta deidad. Aunque en el inicio se trataba de un drama, con el tiempo se incorporó la comedia.
Las puestas en escena eran realizadas por hombres que asumían diversos roles, incluso femeninos. Usaban máscaras elaboradas con pieles de animales para caracterizar a sus personajes, modificaban sus voces y realizaban los movimientos propios del papel que les correspondía interpretar. Las pantomimas eran parte fundamental de estas representaciones y, más tarde, lo satírico y jocoso se convirtió en el sello distintivo de estas expresiones teatrales.

LA FIESTA DE LA CARNE
Al igual que ocurre en la historia global, las disputas territoriales y las invasiones generaron en muchos países constantes transformaciones y mezclas culturales. De este modo, las antiguas tradiciones de los griegos y sumerios se entrelazaron con las festividades romanas dedicadas al dios Baco y las Lupercales. Esta última celebración rendía tributo a la loba que, según el mito, amamantó a Rómulo y Remo, los fundadores de Roma.
Dicho festejo se realizaba a mediados de febrero, momento en el que los asistentes actuaban como si estuvieran poseídos por el espíritu del lobo. En el ritual, los hombres utilizaban máscaras y perseguían a las mujeres, quienes aceptaban estas interacciones bajo la creencia de que favorecerían su fertilidad y el momento del parto.
El Carnaval moderno tiene su origen en la expansión del cristianismo por Europa, llegando posteriormente a América tras la invasión europea. La Iglesia adaptó las antiguas fiestas paganas vinculándolas con la preparación para la Cuaresma, un tiempo de abstinencia de carne. De hecho, su nombre deriva del latín "carne-levare" (quitar la carne), pues en estos días representaban la última oportunidad para entregarse a excesos, tanto en el consumo de proteína animal como en los placeres sexuales.
A pesar de ser vista hoy como una festividad laica, el Carnaval todavía depende del calendario litúrgico católico para fijar su fecha. Debido a que el Domingo de Resurrección se calcula según el ciclo lunar, la fecha de inicio de la Cuaresma varía y, por lo tanto, también cambian los días de esta celebración.

¿Y EL AGUA DE DÓNDE VIENE?
Para los fieles cristianos, la Cuaresma representa una etapa dedicada a la purificación espiritual. Durante este tiempo, se conmemoran los 40 días que Jesús transcurrió en el desierto entregado al ayuno y al rezo antes de su pasión y muerte. Con el fin de imitar este sacrificio divino, era común que los creyentes practicaran diversas penitencias, tales como ingerir una sola comida diaria, abstenerse de comer carne y cumplir con variadas restricciones
La práctica de lanzar agua durante estas fechas no es exclusiva de Venezuela, sino que se extiende por diversos países de América Latina. Según el historiador de Ecuador, Fernando Muñoz, citado por el diario El Comercio, este "juego" podría haber surgido como una deformación de los ritos católicos de limpieza física, tales como el bautismo.
Existe otra explicación que sitúa el origen de esta tradición en la Venecia del siglo XVIII. Se relata que, en aquel entonces, la burguesía caminaba con velas prendidas para invocar la prosperidad y limpiar sus almas. Ante lo que percibían como una actitud hipócrita e injusta, los sectores más humildes les arrojaban agua para extinguir las llamas de sus velas, al creer que no eran dignos de recibir tales favores del espíritu.

EN VENEZUELA:
NO SIEMPRE FUE ALGARABÍA
Aunque hoy en día asociamos el Carnaval con vistosas carrozas, disfraces y papelillos, su realidad histórica en el país fue muy distinta. Las antropólogas Hernández y Fuentes, basándose en las investigaciones de Arístides Rojas, relatan que hacia el año 1700, la capital venezolana se transformaba en un escenario "desolado" y de noches "lúgubres" durante estas fechas.
Esta sombría visión es respaldada por Jules Humbert, quien señalaba que el ambiente hostil se debía a la violencia generada por los juegos con harina, agua y diversos materiales. Sumado a esto, las celebraciones en las calles eran criticadas por fomentar acercamientos físicos entre hombres y mujeres que resultaban escandalosos para la moral de la época. Entre las distracciones de aquel entonces figuraban juegos como el escondite, la gallinita ciega, el pico-pico y la presencia de personajes enmascarados que recorrían las calles con discursos satíricos.
Como era de esperarse, para la época conservadora de siglo XVII, un obispo de apellido Diez Madroñero suprimía estas costumbres en su feligresía, obligándoles a asistir a los rosarios, procesiones y otros actos devocionales dentro de los templos. Este recogimiento duró hasta que el religioso vivió, siguiendo luego con las costumbres de arrojar agua que tenía tanto seguidores como detractores.
La modernización de la festividad llegó con el mandato de Antonio Guzmán Blanco, período en el que se formalizaron los desfiles de carrozas y se intentó reemplazar el uso de agua y huevos por perfume y confeti. Según Hernández y Fuentes, fue también en este tiempo cuando se adoptó en Venezuela la tradición extranjera de enterrar o quemar el Carnaval. Asimismo, en la zona oriental del país tomaron fuerza las
"Diversiones Pascuales" (que se celebran también en época decembrina) y la aparición de los
"mamarrachos", figuras pícaras típicas de la cultura popular.
Como en muchas partes del mundo, el Carnaval en Venezuela ha adoptado diversas formas, todas con el fin último de disfrutar y elevar el espíritu alegre del ser humano. Más allá de los disfraces o el agua, el Carnaval representa una pausa necesaria en la cotidianidad. El secreto de su permanencia reside en el respeto y la armonía, permitiendo que la libertad de estos días no vulnere los límites del otro.