Cuando la luz es intermitente por dentro
La Navidad es una época de emociones encontradas. Para algunos es felicidad, la excusa para compartir una buena comida o entregar un presente a alguien apreciado. Sin embargo, estos días de luces, adornos y música en los que pareciera que la risa es la máscara colectiva, también significan para otros nostalgia, frustración y tristeza, pues sufren en silencio la llegada de una época en la que la felicidad pareciera ser más una imposición que una decisión.
Hay quienes hablan del Síndrome del Grinch en alusión al personaje de ficción creado en 1957 por el escritor y caricaturista estadounidense, Theodor Seuss Geisel, conocido como Dr. Seuss. Recordemos que este peculiar duende es un gruñón ermitaño que odia la Navidad, debido a sus experiencias negativas y a lo aislado que se encuentra. Estos dos últimos aspectos dan una pista del porqué algunas personas experimentan sentirse como el mencionado hombre gruñón.
Un estudio realizado en Canadá y publicado en el medio digital The Conversation reveló que durante las fechas navideñas el 40 % manifiesta sentir depresión decembrina a causa de la soledad; mientras que el 38 % adjudica este sentimiento a la ausencia de la familia.
Esto coincide con otra investigación difundida en Applied Research in Quality of Life y reseñada por MejorConSalud.As.com en la que se destaca que en los últimos meses del año, justo en la entrada y durante las fiestas navideñas, el bienestar emocional y la satisfacción con la vida tiende a bajar.
Al ser consultado sobre este tema, Henry Joel Marques, psicólogo con más de 20 años de ejercicio, destaca que la ansiedad y la depresión que se presenta durante la temporada decembrina se debe a múltiples factores. En primer lugar, refiere a los factores emocionales y psicológicos, relacionados con las expectativas poco realistas sobre la “felicidad obligatoria” que socialmente se exige sentir en esta temporada.
En segundo lugar, el especialista menciona la relación con la familia. Desde su visión, un aspecto que puede generar frustración y hasta tristeza es la comparación entre la realidad y la imagen idealizada que una persona tiene sobre lo que debería ser su Navidad familiar, lo que, al no alcanzarse, genera una soledad acrecentada. Asimismo, el afán de cumplir con la dinámica que socialmente se exige durante esta fecha puede incrementar la ansiedad; surgen tensiones en las relaciones familiares complejas o conflictivas, todo ello bajo la presión económica por los regalos y celebraciones.
Marques menciona que un tercer aspecto es el existencial, que está relacionado con el balance del año que termina y las posibles frustraciones por las metas no alcanzadas. Estas reflexiones sobre el sentido de la vida pueden generar crisis.
DEL NO AISLAMIENTO
En la era de la hiperconexión, ser feliz en Navidad se convierte en un imperativo social. El excesivo bombardeo de mensajes y publicidad del “deber de estar felices” y “en familia y hermandad”, lleva a las masas a entrar en el torbellino de obtener todos los requerimientos sociales necesarios para conseguir el anhelado y “casi obligatorio” regocijo que “todos” deben sentir. Lo contrario es ser Grinch, Ebenezer Scrooge y cualquier otro personaje de los cuentos, que, si bien no son ejemplo de humanidad, son diferentes al rebaño.
Vallas publicitarias, tiendas, medios de información y redes sociales parecieran sincronizarse en un mismo villancico navideño. El aumento de las reuniones familiares, los intercambios de regalo en los grupos de trabajo y el consumismo exacerbado de estas fechas son, para una buena parte de la población, factores de agobio, endeudamiento y razones para la melancolía al comprobar, que sus circunstancias, bien por causas económicas, distancia o pérdidas físicas, son diferentes.

Tener la “Navidad perfecta” y encontrar obstáculos para cumplir con los requerimientos sociales, puede significar una razón que genere tristeza y lleve al rechazo de las fechas. El excesivo esfuerzo por alcanzar la decoración impecable, el regalo perfecto, la ropa impactante, la cena de Nochebuena o Año Nuevo inolvidable hace que la ansiedad, el estrés y las expectativas desorbitantes impuestas desde los cánones homogéneos del consumismo a través de las películas y series, ocupe el espacio del verdadero sentido de estas fechas.
El no estar a la altura de lo “socialmente esperado” puede resultar paralizante y generar el agotamiento de mantenerse en competencia por cumplir los estándares que, según los medios de información, son requeridos para conseguir la alegría navideña.
El Informe Europeo de Pagos de Consumidores de 2022 refiere que 40% de los padres de España se sintieron presionados de destinar grandes cantidades de recursos a la compra de productos navideños. 91% de ellos manifestaron que estos gastos supusieron un duro golpe para la economía familiar, 6 de cada 10 adultos entre 25 y 34 años se sintieron coaccionados a adquirir regalos y un buen porcentaje de todas estas inversiones fueron destinadas a la adquisición de nuevas tecnologías, especialmente, smartphone para sus hijos. ¿Pasa igual en los países de América Latina? ¿Un celular será la perdurabilidad del ciclo de la fuente de consumismo?
POCA ILUMINACIÓN, POCO ÁNIMO
Pero muchas veces el sentirse Grinch no es consecuencia de una circunstancia social, también puede tener su razón biológica. Investigaciones del Instituto Baker en Melbourne en Australia, han comprobado que en los meses de invierno se produce una disminución de la producción de serotonina en el sistema nervioso central, un neurotransmisor que influye directamente en los estados emocionales.
Provoca entonces lo que se conoce como Síndrome de Depresión Estacional o Trastorno Afectivo Estacional (TAE), que se origina cuando existe un poco exposición a la luz natural. En otras palabras, menos luz, disminución de la temperatura, menor serotonina y, en consecuencia, una baja energía en todos los aspectos.
Aunque Venezuela se encuentre en la Zona Intertropical, al estar más al norte también se experimentan bajas temperaturas, así como noches más largas y días más cortos, lo que igualmente, aunque en menor proporción que otros países más cercanos a los polos, hace vulnerable a la población a padecer de TAE.
¿SE BORRA LA NAVIDAD?
La respuesta evidentemente es no. Por más empatía que puede sentirse por quienes no comparte la alegría de estas fechas, las fiestas decembrinas representan para una buena parte de la humanidad, el renacimiento de la esperanza y la renovación del conteo de 365 días de oportunidades para vivir como se desea.
La Navidad puede ser un mar de emociones, por lo que encontrar la propia hoja de ruta puede ser el mejor regalo. Superar el Síndrome del Grinch o lo que los expertos han denominado Blues de Navidad, pareciera una tarea difícil, pero no imposible.
RECOMENDACIONES
Las recomendaciones del psicólogo venezolano Henry Joel Marques para manejar las emociones en fin de año apuntan a desmontar la presión social de vivir una “Navidad perfecta” y sustituirla por metas realistas y auténticas. Propone aprender a decir “no” a compromisos que solo generan estrés, establecer un presupuesto que evite el agobio económico y priorizar la calidad de los encuentros por encima de la cantidad.
Marques insiste en la importancia de validar todas las emociones, incluyendo la tristeza por la pérdida de seres queridos, y permitirse sentir y drenar ese dolor sin culpa. A esto suma el cuidado de rutinas básicas (sueño, ejercicio y alimentación) y la práctica de la gratitud por los momentos de alegría y también por las experiencias difíciles que dejaron aprendizaje.
Frente a la sensación de aislamiento que muchas personas experimentan en estas fechas, el especialista subraya como primer paso reconocer y validar ese sentimiento, explorando sus raíces internas, que con frecuencia se remontan a experiencias de soledad vividas en la niñez y recreadas inconscientemente en la adultez. Recomienda trabajar estas emociones en terapia psicológica u otros espacios de apoyo para descubrir que no se está realmente solo y aprender a sentirse en paz con la propia compañía.
El psicólogo plantea, además, que las conexiones significativas no deben entenderse únicamente como familia de sangre: también pueden construirse con “familia de la vida”, amistades y personas cercanas, siempre que se asuma una actitud activa y no se espere pasivamente a que otros se acerquen.
De igual forma, invita a crear celebraciones propias, incluso cuando se pasa la fecha en soledad: preparar la comida favorita, ver películas especiales o diseñar rituales personales que den sentido a la época. Sugiere participar en eventos públicos como coros navideños, misas o mercados para ampliar las oportunidades de contacto humano.
Un eje central del mensaje de este psicólogo es “enfocarse en el dar”: el voluntariado y los pequeños actos de bondad permiten marcar una diferencia y, al mismo tiempo, tejer micro-conexiones que alivian la soledad. Finalmente, advierte sobre el papel amplificador de las redes sociales en la comparación con las “fachadas felices” de otras personas y recomienda limitar ese consumo, utilizando ese tiempo en actividades que realmente nutran el bienestar emocional.