En medio del debate sobre el conflicto actual entre Estados Unidos y Venezuela, circulan algunas “confusiones” que no son siempre inocentes
REMOCIÓN QUIRÚRGICA: RETÓRICA DE INTERVENCIÓN
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Leopoldo Puchi

Una de ellas, que ya hemos abordado anteriormente, consiste en presentar la situación actual como si se tratara de una “guerra convencional entre dos países”, cuando en realidad se inscribe en una larga historia de guerras de dominación, herederas directas de las guerras coloniales. Otra confusión frecuente es creer que los problemas internos de un país pueden justificar una intervención extranjera.

 

LA CONFUSIÓN
Hoy abordamos una tercera confusión, más sutil pero igualmente peligrosa: la tendencia a equiparar “invadir un país” con “sacar un gobierno”. A primera vista, ambas acciones parecen conducir al mismo resultado: la caída de un gobierno o un régimen. Pero en política el origen y los actores definen la legitimidad de un acto. Y en este caso, la diferencia no es de grado, sino naturaleza.

LA DINÁMICA INTERNA

Derrocar, deponer, tumbar, sacar o forzar una dimisión son expresiones de una dinámica política interna. Pueden ser legales o ilegales, pacíficas o violentas, democráticas o autoritarias, pero en todos los casos surgen del seno de la propia sociedad: del parlamento, del ejército nacional, de movimientos sociales, de un referendo, de la presión ciudadana o de decisiones individuales del propio gobernante. Incluso en los casos más extremos, como un golpe de Estado, el actor principal es interno. Es el pueblo, las instituciones o las élites del país las que disputan su propio destino.



LA INTERVENCIÓN

Una invasión o intervención extranjera, en cambio, rompe con esa lógica. No es el país y su gente la que actúa, sino un poder externo que impone su voluntad mediante su fuerza militar, la presión económica o la manipulación política. No es un cambio de régimen, sino una sustitución forzada que conduce a que el nuevo gobierno termine respondiendo a los intereses del invasor. Y aunque se revista con el lenguaje de la “democracia” o los “derechos humanos”, su esencia es la negación de la soberanía. La decisión sobre quién gobierna ya no pertenece a los ciudadanos, sino a una potencia extranjera.

EL PISO SEMÁNTICO
La trampa está en mezclar ambos hechos como si fueran equivalentes. Cuando se dice que “hay que sacar al presidente” y se equipara con “Estados Unidos debe sacar al presidente”, se borra la frontera entre autodeterminación y dominación. Esa asimilación no es casual: construye un piso semántico para justificar la intervención. Se crea la ilusión de que, si un pueblo puede remover a su presidente, entonces también sería legítimo que un poder extranjero lo haga en su nombre.

  

LA “EXTRACCIÓN”
La otra figura retórica es la llamada “extracción” o “eliminación” de un gobernante, presentada con eufemismos como “acto cinético letal” o “remoción quirúrgica”. No se trata de un simple desliz del lenguaje. Es en realidad una estrategia discursiva deliberada que busca borrar la frontera ética, jurídica y política entre un cambio de gobierno que surge de la propia sociedad originado en la voluntad interna de un pueblo y una intervención extranjera basada en asesinatos selectivos.

Al poner ambos hechos bajo el mismo vocabulario “técnico” o “neutral”, se pretende legitimar la violación de la soberanía. Se quiere hacer creer que es lo mismo que un pueblo decida “sacar a un presidente” que un comando especial extranjero lo haga por la fuerza”.



LAS AGENDAS

De esta manera se prepara el terreno ideológico para justificar operaciones encubiertas, sanciones o golpes inducidos desde el exterior, presentándolos como “soluciones” a problemas internos, cuando en verdad responden a agendas geopolíticas ajenas al interés nacional.



LA ONU

El derecho internacional es claro en este punto. La Carta de Naciones Unidas prohíbe expresamente el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Las únicas excepciones son la legítima defensa o una autorización expresa del Consejo de Seguridad. Fuera de esto, cualquier intento de remover un gobierno desde el extranjero constituye una violación del orden jurídico global y un crimen de agresión.

LA AUTOESTIMA
Históricamente, las intervenciones extranjeras han dejado secuelas profundas: Estados fracturados, sociedades polarizadas, economías saqueadas y en muchas ocasiones se ha destruido la identidad nacional, la autoestima y el orgullo nacional. Por el contrario, los cambios internos, aunque sean difíciles, conservan la posibilidad de una reconstrucción autónoma, porque parten de la propia experiencia histórica y social del país.

COLONIALISMO
Confundir estos dos procesos no solo distorsiona el análisis, también normaliza la violencia de las potencias bajo la apariencia de solidaridad. Decir que “hay que sacar al gobierno venezolano” puede entenderse como un llamado a la movilización interna. Pero decir que “Estados Unidos debe derrocarlo” es otra cosa. Es pedir que una potencia extranjera decida por el pueblo venezolano. Y eso no es solidaridad. Es colonialismo con otro nombre.

SIN TUTELAS
Por eso es tan importante utilizar el lenguaje con precisión. Invadir no es derrocar. Y defender la soberanía no es estar a favor o en contra de un gobierno, sino el derecho de un pueblo a hacer las cosas bien y también a equivocarse, a corregirse y decidir por sí mismo sobre su propio futuro sin tutelas ni intervenciones.

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