EL SABOR DEL CARIÑO COMPARTIDO
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Waleska Perdomo Cáceres

Es mediodía!
—Anda a casa de la vecina y llévale un poco de este arroz con pollo —dice la madre, mientras llena un pote de margarina con el sabroso plato humeante—. Hace tiempo que no le mando nada.
Con afecto decidido, deposita el envase en las manos de su hijo.

—Seguro que María no ha almorzado. Ve rápido, antes de que se enfríe.

Muchos crecimos con esta costumbre hondamente venezolana: el vaivén de potes, platos y envases que forman un club gastronómico espontáneo. Es un intercambio afectivo entre vecinos y familiares, sellado con la frase: “Para que pruebes lo que hice".

” De repente, aparece un aguacate gigante en la puerta; un carato espeso, una torta delicada o un sabroso sancocho que cruza la calle en su clásico envase plástico. La ley no escrita dicta: debe ser devuelto. Y lleno, por supuesto.


La etiqueta dicta encontrarse, agradecer, preguntar la receta y comentar lo delicioso que estaba. Estas escenas ocurren casi en silencio, en la discreción de un encuentro inesperado y fugaz. Es una danza de afectos que fluye entre fogones, potes reciclados y recetas heredadas: verdaderos tesoros del alma venezolana.

Así se teje una madeja invisible de cariño y respeto, donde un arroz con pollo se transforma en un abrazo, en sostén emocional. El pote de margarina guarda más que comida: es el fluir de la reciprocidad. Devolverlo vacío o no devolverlo, no es falta de cortesía: es romper un pacto ancestral.

En este trueque emocional no hay contratos ni comercio. Solo una ofrenda espontánea, envuelta en plástico reutilizado. Cada cucharada —de arroz, sopa o dulce— carga historias y un susurro sutil: “Estoy pensando en ti.”

Cada envase entregado, cada torta compartida, cada jugo que cruza la acera, alimenta una delicada economía de afectos. Que intercambian sabores, pero sobre todo implica los gestos que sostienen los vínculos. El arroz se vuelve compañía, la torta nostalgia, la sopa consuelo. No importa el plato: lo esencial es el mensaje implícito.
 
Este ritual no aparece en los manuales, mucho menos en el de Carreño o en el libro de Scannone. Se aprende creciendo entre zaguanes y voces que llaman desde la reja, en comunidades de corazones abiertos. Es una forma de resistencia contra el aislamiento moderno. Un equilibrio emocional donde lo más valioso no se compra: se cocina, se sirve y se comparte.

La etiqueta se aprende en la fraternidad que florece en la convivencia franca y amable. Un abrazo hecho sabor. Una caricia envuelta en plástico. Un latido de familiaridad. Ese es el sabor del cariño compartido.




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