Simón Petit
Hace algunas semanas atrás, estaba en mi casa materna con un domingo soleado y cervecero. La radio al fondo no paraba de bombardear música en diferentes estilos y géneros. Era cerca de las 5:00 de la tarde y sabía que en esa emisora a las 6:00 comenzaban las chatarritas en inglés que nos transportan a momentos felices.
Pero no imaginaba que lo que iba como preludio ese día, era un especial de música Disco. Y eso, como en los viejos tiempos, me llevó a un viaje donde los recuerdos invadieron el espacio junto a un silencio, en el que solo escuchaba cada pieza sin interrupciones que se presentaba a la sala.
Imaginaba en ese momento estar bajo una bola de espejos con luces parpadeantes de colores y una insistente luz estroboscópica.
Hoy, con la distancia, la música Disco parece un género condenado a la sospecha: demasiado colorido para los solemnes, demasiado kitsch para los puristas, demasiada mariconería para los radicales. Pero basta con asomarse a sus entrañas para descubrir que ahí habitan tesoros, experimentos sonoros adelantados a su tiempo y una alegría colectiva que difícilmente se repetirá.
En 1974, la música disco era un secreto bien guardado en clubes afroamericanos y latinos de Nueva York. Tres años después, medio planeta bailaba como John Travolta en Saturday Night Fever. Y lo que empezó como underground terminó en fenómeno global, pero, la historia oficial de la música nunca le concedió la categoría de “gran arte”. La etiqueta de “culpable placer” persiste: lo disco se celebra, pero en voz baja, como quien recuerda un amor de verano.
El nombre viene de discothéque, que en francés suena elegante; pero en inglés se volvió sinónimo de sudor, luces estroboscópicas, zapatos de plataforma (a los que conocimos como “machotes”) y pantalones acampanados. Su nacimiento oficial puede rastrearse a un artículo de Vince Aletti en Rolling Stone (1973), que bautizó un sonido venido de Europa: percusiones insistentes, teclados omnipresentes, bajos pegajosos y arreglos orquestales donde el productor pesaba más que el cantante. Si para el rock el alma era la guitarra, para el disco fue la cabina de control. Y el arquitecto más visionario fue, sin duda, Giorgio Moroder, ese italiano que entendió que un sintetizador podía ser más efectivo y contagioso que una Fender.
Junto a él, Barry White con su voz grave y profunda, y Van McCoy con “The Hustle” empujaron la fiebre hacia las pistas. La música disco fue también un refugio para comunidades que necesitaban un espacio propio: gays, lesbianas, latinos y afroamericanos. En la discoteca se borraban fronteras, se inventaban gestos, se conquistaba la noche con ritmo. Y, de paso, se le dio protagonismo al personaje que cambiaría la industria musical: el DJ. De ser un operador invisible, ahora era la estrella que manipulaba las canciones con mezcladoras y cajas de ritmo.
La cúspide del exceso se llamó Studio 54. En Manhattan, aquel club era un zoológico del glamour y la decadencia: Bianca Jagger entrando en caballo blanco, Andy Warhol apuntando con su Polaroid, la cocaína que bajaba en cucharitas de plata. Para muchos, era un templo; para otros, la confirmación de que el disco era pura frivolidad.
Como todo género triunfador, pronto llegaron los enemigos. El rock, siempre celoso, encontró en la música disco al adversario perfecto: demasiado comercial, demasiado artificial. La guerra alcanzó su clímax en 1979 con la célebre Disco Demolition Night en Chicago: dos DJs convocaron a destruir discos del género en un estadio de béisbol. La explosión fue literal y metafórica: caos, invasión del campo, arrestos, y el inicio del veto radial al disco. El rock celebraba su victoria, pero lo que en realidad había nacido era el pop de sintetizadores que dominaría gran parte de los 80.
Porque el disco no murió, fue lo contrario: se multiplicó y diversificó. En Filadelfia se mezcló con soul psicodélico; en Nueva York se fundió con salsa y merengue; en Los Ángeles Barry White dirigía su Orquesta de Amor Ilimitado; en Miami KC & The Sunshine Band sacaban himnos de fusión con funk que aún se escuchan. En Múnich, Giorgio Moroder y Donna Summer inventaron el sonido Munich, acelerado y electrónico, que ella misma llamó High Energy. Europa lo llevó más allá: Silver Convention, Boney M, Gino Soccio… y un ejército de productores que pavimentaron el camino hacia lo que posteriormente conocemos como el House, Deep house, Beach house, el Techno, el Eurodisco y a la par, el Acidjazz.
Y, por supuesto, el cine también hizo lo suyo. Saturday Night Fever (1977) y Thank God It’s Friday (1978) fueron vitrinas globales. Travolta se convirtió en ritmo, mientras las bolas de espejos reflejaban un sueño colectivo: bailar en esa época era, entonces, existir. Canciones como “Stayin’ Alive”, “I Will Survive” o “Don’t Leave Me This Way” pasaron del club a la vida cotidiana como himnos de resistencia, coqueteo y puro goce. Cuando Donna Summer lanzó “I Feel Love”, Brian Eno declaró que acababa de escuchar el futuro.

Y tenía razón: aquella base electrónica repetitiva anticipaba la música de baile que aún hoy nos acompaña. De ahí nacieron Chic, los Bee Gees, Tavares, Grace Jones, Sylvester, Gloria Gaynor y toda una constelación de nombres que se volvieron eternos.
No se puede soslayar una estética que es inseparable de los recuerdos: vuelvo a la imagen de los zapatos con plataforma, camisas abiertas hasta el ombligo, afro gigantescos, lentejuelas que desafiaban la sobriedad setentera. Pero más allá de la moda, lo que dejó el género fue un espacio de convivencia. En la discoteca se aprendía a cortejar con pasos de baile, se inventaban coreografías colectivas, se tejían amistades y, claro, se ensayaban libertades sexuales y sociales.
Fue la globalización adelantada, porque desde Nueva York hasta Madrid, desde París hasta Tokio, todos bailaban el mismo compás y a veces, la misma canción. Era un idioma universal donde la única gramática era la cadencia del bajo. Y, aunque los críticos lo llamaran superficial, el género cambió para siempre la manera de producir, escuchar y vivir la música por multicanales. Hoy lo encontramos reencarnado en mil formas: el dance de los 80, el hip hop que nació con DJs manipulando vinilos, el house europeo, Daft Punk con su “Get Lucky” o Beyoncé recuperando el brillo disco en pleno siglo XXI. Como decía Moroder: “El futuro se comprende con el oído y se siente con el cuerpo”.
Quizá por eso, cada vez que suena un clásico disco, algo en nosotros responde de inmediato: el pie que marca el compás, el recuerdo de una fiesta, la nostalgia de un tiempo donde bailar para creer que el mundo tenía sentido. Y sí, el disco fue kitsch, exagerado, desbordado. Pero también fue libertad, diversidad y pura vida en movimiento. Y por eso, aunque muchos lo intentaron enterrar, sigue ahí: latiendo bajo la bola de espejos, con una maleta de recuerdos de juventud, un domingo en la tarde, cerveza en mano.