Waleska Perdomo Cáceres
Alicia poseía una riqueza de experiencia acumulada con los años. Su presencia irradiaba un misterio elegante: vestía finas telas chinas, sus tacones moderados evocaban una discreta sofisticación y su cabello púrpura era un reflejo de su espíritu singular.
Era una Endora contemporánea, que te hacía recordar a la madre de “Hechizada”, esa icónica serie de televisión de los años sesentas - setentas.
Su mundo estaba hecho de libros, en ellos se perdía con una devoción casi mística. Para algunos, era una figura enigmática, una Rosacruz sumida en secretos herméticos ancestrales. Podría haber sido llamada bruja u ocultista, pero esas etiquetas le resultaban irrelevantes; pues era una iniciada en los misterios del espíritu, una creyente en la energía y la transmutación de la materia. Su nombre no parecía casualidad: “Alicia”, derivado del griego “alétheia”, la verdad.
Fue ella quien me enseñó que la enfermedad, en ocasiones, podría ser un acto intencionado. Pasábamos largas horas hablando, era la Dama del Hindú, en su conversación develaba verdades fascinantes.
En una de aquellas tertulias, reveló un ejercicio de visualización: un espejo y una vela como puertas hacia lo insospechado, una herramienta para recordar lo que, quizás, ya sabíamos antes de nacer.
Su sonrisa era la de quien ha desentrañado secretos ocultos entre páginas de metafísica, el aroma del sándalo y el ritual del té. Sus 'novios' no eran seres de carne y hueso, sino imágenes de Saint Germain o los arcángeles hechos de pura energía como Metatrón o Arcángel Miguel …
Su espejo la llevaba al universo etéreo del alma.
Ahora que lo pienso, Alicia bien podría haber llevado su nombre por “La otra Alicia”, la del País de las Maravillas. Al igual que ella, también atravesó espejos, hacia mundos de lógica invertida, mientras se preguntaba qué habría al otro lado. En ambos casos, el reflejo nunca fue solo lo visible, sino un portal hacia lo insondable.
Hoy, vivimos en una época donde los espejos se han multiplicado hasta el infinito: se convirtieron en pantallas de teléfonos más inteligentes que las personas, monitores, cámaras que nos vigilan y algoritmos que reflejan nuestros anhelos en versiones editadas de nosotros mismos. Tal vez estamos atrapados entre lo que vemos y lo que deseamos. Pues la magia no ha desaparecido, solo que hoy se le llama tecnología. Los antiguos rituales se repiten en los gestos actuales: deslizamos los dedos sobre cristales brillantes, en búsqueda de información, así como cuando se invocaban las imágenes en las bolas de cristal.
Las redes sociales son nuestros nuevos libros de la vida, donde proyectamos nuestros deseos, nuestros miedos, dónde volcamos los sentimientos, expectativas, incertidumbre, dolores y anhelos. Vamos a ese lugar inexistente buscando la certeza de los likes y los consejos de los comentarios.
Pero hay una diferencia crucial entre las Alicias y nosotros: ellas eligieron sus espejos con deliberación, sabiendo que cada uno era un portal hacia lo sagrado.
Nosotros, en cambio, nos ahogamos en reflejos vacíos, incapaces de distinguir el umbral del abismo, lo real de lo artificial. Creemos ser dueños de la verdad efímera que vemos reflejada a través del espejo digital y del mundo que se asoma a través de él.
Somos nómadas, buscadores de esas verdades que se deslizan, estamos inmersos en una realidad que se confunde entre la incertidumbre y la incerteza, incluso de lo que somos.
Ahora cuando la tecnología se ha convertido en magia, en los espejos de los exploradores digitales de la realidad pienso en las Alicias.
En cómo de alguna manera ellas entendieron antes que muchos de nosotros que son sólo reflejos; no son la verdad sino apenas el borde de lo que podemos imaginar.
Y tal vez, en medio del ruido contemporáneo lo que realmente necesitamos es aprender a mirar con los ojos de Alicia: más allá de la imagen, más allá de la superficie, hacia los mundos escondidos del alma, que siempre han estado ahí.