Autoproclamarse superior a Pelé, Maradona o Messi es futbolísticamente sacrílego. No se lo cree ni él. Ese trío está varias galaxias por encima de él. Y fueron campeones mundiales, que el portugués no lo es.
"EL MEJOR DE LA HISTORIA SOY YO"
      A-    A    A+


Hernán Quiroz Plaza

Hace unos años, en el salón de juegos del club de fútbol Sporting de Lisboa, un chamo se pasaba el tiempo apuntando con un dardo al centro de un tablero. Los adolescentes que compartían la sala se divertían a su alrededor con el futbolín y la mesa de ping-pong. Él tenía doce años con el ceño fruncido y los labios apretados: le daba rabia fallar. El director de la escuela, Aurelio Pereira, aún recuerda esa cara de enfadado. La misma de cuando le ganaban en ping-pong, la misma de cuando lo derrotaban en billar. El gesto irritado de un niño que no se permitía perder. Semana tras semana, el chico insistía en lanzar el dardo al centro del blanco. El ojo calibrando la puntería certera. El pulso firme y el ángulo preciso del antebrazo. El envión justo y balanceado. Hasta que un día se volvió casi infalible. Pereira, su primer maestro, a quien el ex alumno visita cada vez que pasa por Lisboa, descubrió en este acto su perfil obsesivo. Todos eran trabajadores. A ningún otro chico le importaba perder a la hora del descanso. Salvo a Cristiano Ronaldo.
 
Dicen que Maradona no se despegaba nunca de la pelota, ni aunque la práctica no incluyera balones. Del basquetbolista yugoslavo Drazen Petrovic, sus entrenadores decían que no lo sacaban de la sala de entrenamiento ni con un fusil. Al niño Cristiano Ronaldo solían encontrarlo de noche medio escondido en el gimnasio del Sporting haciendo amagues con el balón, llevando dos pesas en cada pie. Más de una década después, el Wall Street Journal contó las horas que había jugado en un año y declaró a Ronaldo como el deportista que más trabaja. En 2010 su obsesión por la perfección fue tema de un comercial. «Yo no pierdo en nada», decía para promocionar las tasas de interés del Banco Espirito Santo. Las imágenes se abrían con Ronaldo que lanzaba un dardo y acertaba en el centro del tablero. No era un truco de cámara. El chico al que Aurelio Pereira vió fallar docenas de veces tirando dardos en su tiempo libre ahora es capaz de ensartar sin dificultad un tiro al blanco para un comercial donde bastarían sólo su rostro y su voz. "Yo siempre fui muy picado desde joven. Odiaba perder y lloraba. No aceptaba, iba a casa a llorar. Los vecinos me llamaban ´el llora´. Lloraba de rabia, era mi manera de ser. Poco a poco fui mejorando, siempre me enojo cuando pierdo y hago gestos. Eso lo acepto, no soy perfecto. Es mi manera de ser, no voy a cambiar. Espero seguir así, pero de manera más equilibrada por mi familia y mis hijos".

Nunca en la historia, en 150 años de fútbol, un futbolista llegó a los cuarenta años en el estado atlético de Cristiano Ronaldo. Está asombrosamente perfecto, impecable. Pareciera poder seguir dos o tres años más en ese nivel físico, por lo que no es utópico que alcance sus objetivos de marcar 1.000 goles oficiales -lleva 917- y jugar el Mundial 2026. Cuatro o cinco décadas atrás, cuando alguien llegaba a los treinta o treinta y dos calendarios se lo catalogaban de anciano. Y lo era. Pelé se retiró de la Selección Brasileña a los 30. La carrera del deportista se ha estirado. Messi fue campeón y figura del Mundial -con 7 goles y 3 asistencias-, a los 35 años y medio. Lewandowski lidera a los goleadores en España próximo a los 37 y Salah atraviesa su mejor temporada en Inglaterra cercano a los 33. Lo vemos también en el tenis con el fenómeno Djokovic, quien sigue en la cima a los casi 38.

Cristiano sopló sus 40 velitas el 5 de febrero, dos días después de marcar un doblete al Al-Wasl de Emiratos Árabes Unidos. Y encabeza otra vez la tabla de artilleros de la liga de Arabia Saudita, que es más fuerte de lo que se cuenta. Es un caso de longevidad fabuloso, ayudado por el hecho de sufrir escasísimas lesiones en 23 temporadas. Es claro que él jamás entró en el roce con los zagueros y que aquella gavilla de Sergio Ramos, Pepe, Arbeloa, Marcelo, los dos Carvajal, Xabi Alonso jugaban de compañeros y no de rivales. Por eso y por su extraordinaria profesionalidad y cuidados luce como cero kilómetro.

Lastimosamente, la embarró en una nota exclusiva que concedió a su amigo Edu Aguirre, el ultramadridista integrante de El Chiringuito. Con una arrogancia jamás vista sentenció: “El mejor de la historia soy yo, punto final. Los números lo dicen”. Y siguió con su megalomanía: “¿Qué quiere decir la palabra goleador? Números, el que pone la pelotita dentro del rectángulo. ¿Quién es el mayor goleador de la historia? Yo creo que soy el jugador más completo que ha existido. Es mi opinión. Una cosa es un gusto, yo creo que soy yo. Hago todo en el fútbol. Juego bien de cabeza, tiro bien faltas, tiro bien del pie izquierdo, soy rápido, soy fuerte, salto… Una cosa es un gusto, te gusta más Messi o Pelé o Maradona. Entiendo eso y lo respeto. Pero decir que Cristiano no es completo, es mentira. ¡Soy el más completo!». Cerró con poca modestia: “Sinceramente, no vi a nadie mejor que yo”.

Muhammad Alí también alardeaba de más, se ponía nariz contra nariz con Sonny Liston y le prometía noquearlo en el sexto asalto. ¡Y era Sonny Liston, que venía de triturar a Floiyd Patterson…! Pero cumplía, lo acababa en el sexto. Y antes de estropear su rostro lo ridiculizaba con su box magistral. Claro, Alí era un genio verdadero, no un esforzado gimnasta. Y además simpático, chispeante, inteligente. La vanidad, si es graciosa, hasta cae bien. No es el caso de Cristiano.

Desde luego, marcar 917 goles profesionalmente, ganar 34 títulos y cinco Balones de Oro es un mérito fantástico, pero por supuesto no es el mejor de la historia. Autoproclamarse superior a Pelé, Maradona o Messi es futbolísticamente sacrílego. No se lo cree ni él. Ese trío está varias galaxias por encima de él. Y fueron campeones mundiales, que el portugués no lo es. Incluso hay varios más que ocupan un altar supremo: Di Stéfano, Cruyff, Platini, Zidane, Beckenbauer, Ronaldinho, Ronaldo Fenómeno, Xavi Hernández, Gerd Müller, Puskas, Garrincha, George Best. Auténticamente excepcionales, muy superiores en calidad de juego a CR7. Conste que a Di Stéfano y a Puskas los vimos sólo por videos y aun así nos cuesta excluirlos. Luego hay una docena del nivel Zico, Bobby Charlton, Michael Laudrup, Baggio, Baresi, Benzema, Neymar, Iniesta… figuras técnicamente exquisitas.

Pelé fue el futbolista perfecto, Maradona la habilidad sublime unida a una bravura casi suicida. Y Messi es una simbiosis de ambos con más velocidad y más conducción que ambos. Cristiano puede luchar en el rubro centrodelanteros goleadores. Con Müller, Van Basten, Romario, Lewandowski, Hugo Sánchez, Luis Suárez, su propio compatriota Eusebio… Es decir con los ilustres 9 de la historia. En ese escenario pierde ante la fiereza de Müller, la espectacularidad del mexicano, la clase magistral del holandés, la potencia desmesurada de Eusebio. No obstante, puede torcerles el brazo porque entre artilleros lo que prima es el número. Si uno anotó 917 y otro 560 la comparación empieza a perder sentido. Es como en los cien metros llanos: la marca dice todo. Uno dice “Usain Bolt 9,58” y no hay mucho que agregar.

“Los números están ahí…”, puntualizó Cris, que ha vivido para engrosar sus números personales. Sí, las cifras son incontestables. El juego también. El fútbol se convirtió en la máxima pasión de la humanidad, casi comparable al sexo por la habilidad, el talento, la creatividad, el ingenio, la picardía, la gracia, la inteligencia, el encanto, la gambeta, el amague, el dominio y también la garra, el coraje, la intrepidez… Cristiano Ronaldo no encaja en ninguno de esos ítems. Alguien deslizó una pregunta: ¿A quién le gusta ver jugar a Cristiano Ronaldo…? Nadie se atrevió a responder. Es más un suceso estadístico que futbolístico. Con que te digan cuántos goles hizo, alcanza. “Hay jugadas en mediocampo o incluso más atrás, de Messi, Maradona o Pelé que te pagan las dos horas invertidas en ver el juego, que te arrancan una sonrisa así no terminen en gol”, comenta Ricardo Rozo, analista colombiano.

“Creo que hay una animadversión hacia Cristiano”, protesta Andrés Magri, también colombiano, director de la revista Fútbol Total. Rozo le contesta: “No creo que haya animadversión. Es simplemente que una cosa es ser un goleador descomunal, un atleta impresionante y otra un jugador increíble. En el resumen del partido notas la diferencia: en el caso de Cristiano, alcanza con ver su gol, con los verdaderos genios tenías que ver el partido entero”.

Fuera de su país, Ronaldo se ha hecho fama de antipático. La prensa china lo llamó egoísta y arrogante por ser apático en sus respuestas y poner cara de aburrido. Los ingleses le llaman ‘Cocky Ronaldo’, algo así como fanfarrón. Algunos jugadores brasileños suelen bailar después de anotar un gol, y ese hábito es considerado un rito celebratorio. Pero cuando Cristiano Ronaldo bailó con su compañero brasileño Marcelo la canción «Ai se eu te pego», los españoles tomaron su festejo como una muestra de arrogancia. En España había equipos que se quejaban de que, cuando el Real Madrid iba ganando, CR7 hacia pases sin mirar y toda suerte de piruetas de exhibición que no haría si el partido estuviera empatado. Durante años, Cristiano Ronaldo ha sido visto como un ícono de la arrogancia. Su porte al correr es una postal decorativa. Los cinco pasos que retrocede antes de patear un tiro son una escena teatral. La forma que tiene de apretar los labios es su sello de insatisfacción. En 2011, le preguntaron a Ronaldo por qué las barras le silbaban y le dedicaban el cántico ‘Messi, Messi’. «Yo creo que por ser rico, por ser guapo, por ser un gran jugador las personas tienen envidia de mí. No tengo otra explicación».
 
En un grupo de WhatsApp que integran prestigiosos comunicadores de fútbol de toda América, España, Italia, se dio un largo debate acerca de las declaraciones de Cristiano Ronaldo, también se realizó una encuesta con cinco opciones: a) Es el mejor de todos; b) Está en el podio; c) En el top 5; d) En el top 10; e) Fuera del top 10. Nadie lo votó en las dos primeras, uno sólo lo incluyó en el top 5, tres en el top 10 y todos los demás lo dejaron fuera de los diez primeros. Y votaron decenas.

Son dos cosas diferentes: los goles y el juego. Sucede que en este tiempo donde se adora la estadística ha quedado un poco relegado el debate sobre el arte, la fantasía que hizo célebre a este deporte. Sin embargo, no ha desaparecido: Messi lleva 60.000 ó 70.000 personas a los estadios en la MLS y en Arabia acuden 12.000 a los partidos de Cristiano. La magia sigue prevaleciendo. No obstante, ha sido un buen disparo marketinero el de Cristiano, instaló el tema y muchos que tocan de oído compran el mensaje. El presente tiene un efecto gaseosa, sube la espuma y hace ruido, pero el tiempo ubica todas las cosas en su justo sitio. A Cristiano también le dará el lugar que le corresponde.



Ver más artículos de Hernán Quiroz Plaza en