Julio González
Historiador de almas
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Es un historiador de profesión y de oficio, está convencido de la importancia de investigar ese “pasillo de la infancia” que todos hemos vivido y que definitivamente marca o no, el camino hacia las adicciones
Fotos: Mauricio Donelli


Así fue como logró atar los cabos del por qué de su adicción al alcohol. En su historia familiar y en sus antecedentes, sus primeros años, la adolescencia, sus carencias y miedos, encontró la respuesta.
Es un apasionado de lo que hace, el mundo de las adicciones no es algo ajeno para él, sabe de primera mano lo que se siente querer dejar una adicción y no poder hacerlo solo.

La familia
De padres sencillos y muy cultos, la niñez de Julio estuvo llena de libros y naturaleza. La mezcla de un padre español dedicado a la construcción y con profunda devoción a la lectura, y una madre de origen judío y padre italiano, fueron el terreno perfecto para que aquel muchacho tímido y ensimismado tomara el camino intelectual en la adolescencia temprana, como un escape, una especie de “ventana” que le ofrecía un mundo distinto a la dura realidad que vivía en ese entonces con el divorcio de sus padres.

Julio González Blanco, empresario exitoso por muchos años en el área de la construcción se declaraba en banca rota y con ella desaparecerían su casa, su hogar, su familia y su visión de futuro. La madre, Mireya Felisari Bencecry, ama de casa y de carácter fuerte, se encargó por un tiempo de la difícil situación, mientras los cinco hermanos, dos varones y tres mujeres, continuaban con sus vidas haciendo lo mejor que podían en medio de tantas vicisitudes.
 
Continuó estudiando en el Instituto Escuela donde nunca fue el muchacho más popular ni tampoco pertenecía a los equipos deportivos ni a aquellos que tenían motos y salían de paseo. Sin embargo encontró en la lectura, esa primera adicción sana, un refugio lleno de historias fantásticas. Sócrates, Cervantes y Shakespeare lo acompañaron en la adolescencia entre muchos otros autores. Más adelante entró a la Universidad Central de Venezuela para estudiar Historia, encontrando en sus pasillos, al igual que en las casas de algunos familiares, grandes obras de arte.

Pasó muchos años, de manera intermitente, dedicado al arte, vendiendo obras, escribiendo en periódicos y bebiendo. Encontraba en el alcohol el alivio que nada ni nadie podía ofrecerle.
 
Más tarde aprendería que las adicciones son una enfermedad, y que existe un cerebro dependiente que no puede parar. Pero tenía que tocar fondo, pasar por las historias más crudas que cuenta en su libro “El alcohol y yo”, para pedirle un día a su querida abuela materna: “Necesito ayuda”.

Centro Vista Campo: Una vocación no planeada
Se fue a España y no sólo se recuperó sino que además pudo hacer una maestría en Drogodependencias en la Universidad de Barcelona, España, trabajando en el centro terapéutico en La Garriga durante casi 5 años. A partir de entonces viajó por diferentes países, llegando incluso a trabajar por la recaudación de fondo para alimentar a niños en Africa (experiencia que sin duda lo marcaría para el resto de la vida).

Cuando vuelve a Venezuela en el año 2008 participa como invitado en una entrevista en el programa de Gladys Rodríguez, ese día marcaría el inicio de un espacio llamado “Camino a la recuperación” que duraría hasta el año 2017 y que por cosas del destino lo llevarían a encontrarse con su primer paciente adicto en Venezuela y aceleraría la construcción de lo que más tarde se convertiría en el Centro Vista Campo.
 
Ayudar a otros es algo que está en el alma de Julio González, así fue como decidió montar un Centro de recuperación de adicciones en nuestro país y convertirlo en referencia indiscutible a nivel mundial.

Escogió la Colonia Tovar, un ambiente que se presta para el recogimiento, el trabajo y la introspección. Allí, las personas aprenden a vivir en sobriedad, a conocerse y enfrentar de nuevo la vida sin ese escape que significan todas las adicciones.

Alrededor de 4 meses de terapias, paseos, ocupación, talleres y “tiempo para aburrirse”, pasan los adictos en el Centro Vista Campo. Julio realiza la importancia del ocio, debe haber un tiempo para no hacer nada, en esas horas es donde debemos escuchar que nos pasa por la mente, quienes somos realmente.

A lo largo de estos casi 20 años han pasado cientos de personas, venezolanos y extranjeros, que encontraron en este Centro la piedra fundamental para una vida sin adicciones.

El legado de una Reina
Hay una frase de batalla que Julio González utiliza y aplica que es: “Cuando en la vida recibas, da”. “Creo sin temor a equivocarme que eso viene como herencia de mi abuela materna, la gran Reina Benzecry de Benmergui”, quien dedicó gran parte de su vida a ayudar a niños especiales en Venezuela con una de las instituciones más reconocidas llamada Avepane (Asociación Venezolana de Padres y Amigos de Niños Excepcionales) de la cual Julio hoy en día es su presidente.

Ella fue pionera en Venezuela en educación especial, dedicando su vida a impulsar la preparación de profesionales que permitiesen a esta población insertarse en la sociedad, promoviendo el respeto hacia los derechos de todos las personas con discapacidad intelectual o cognitiva y sus familias. Ella, al igual que su nieto Julio, lo vivió en primera persona, su hija Ingrid había nacido con Síndrome de Down.

Un futuro en construcción, el presente
Este hombre perteneciente a una de las familias con más arraigo de nuestro país, tiene la clara misión de acabar con el estigma que aísla a los adictos de la posibilidad de salvación, mostrarles el camino para la recuperación de la dignidad y el derecho a ser libres, desde su propia experiencia y la de cientos de pacientes recuperados en su centro.

Después de un infarto que sufrió en el año 2020, su vida se transformó. Colocó la lupa en su nueva “adicción”, el trabajo en el Centro Vista Campo. Él sabe que muchos adictos cambian una adicción por otra, también sabe que no existen adicciones sanas. Así que tocó bajarle dos al trabajo de 24 horas y dedicarse más tiempo para él.
 
Tiempo para viajar, tener pareja, vida familiar, en fin, encontrar el tan anhelado equilibrio. Vivir el presente, que no es más que la construcción del futuro.