Con 17 opciones en su carta y colaboraciones con destacados chefs, La Cachapera es un rincón muy venezolano que demuestra cómo la cocina tradicional puede transformarse en un lenguaje de pertenencia global
Fotografías: Cortesía David Díaz Rojas
Lo que comenzó con un deseo honesto de seguir conectando con Venezuela y una intuición entre amigos terminó por convertirse en un emprendimiento singular que superó sus propias expectativas. Más allá de realizar un estudio de mercado tradicional para detectar las necesidades de los consumidores en cuanto a comida venezolana en España, David Díaz Rojas, CEO y cofundador de La Cachapera, resume el origen del proyecto en una ecuación sensible: memoria, estrategia, control de calidad y trabajo arduo. Después de todo, los propósitos de vida solo son posibles si hay constancia y absoluta convicción en su materialización. Su apuesta fue tan sencilla como ambiciosa: detectar un vacío en el mercado y llenarlo con autenticidad y memoria afectiva.
Hace más de 11 años, mientras recorrían Barcelona a bordo de un foodtruck— como miembros de la fundación VenMundo, creadores del Día Mundial de la Arepa—, Díaz Rojas y su equipo detectaron que, si bien la gastronomía venezolana tenía presencia a través de las arepas, las empanadas e incluso el pabellón criollo, faltaba la auténtica cachapa. Hacía falta esa receta preparada con maíz molido y queso de mano fresco, un sabor que te regresa de inmediato a Venezuela.
“Nos abocamos a buscar ese sabor autóctono de la cachapa de maíz molido con el queso de mano que se funde, que se derrite, que es chicloso; ese que cuando levantas la cachapa hace que se estire. Es algo muy provocativo y con un perfil organoléptico muy particular”, evoca Díaz Rojas.
Para él, además, existía una razón íntima: la cachapa era el plato que le preparaba su abuela — quien también tuvo un negocio entre Acarigua y Carora que se llamaba “Cachapera Arenales”—, y no encontraba en España una versión capaz de devolverle aquella experiencia.
Con esa idea en mente, empezó a construir un camino de ensayo, error, búsqueda de materia prima adecuada y sana obstinación. Cuenta que fue muy difícil adaptar la receta original al producto que se conseguía en la península ibérica, ya que el maíz local no respondía igual, la masa no cuajaba y hallar un queso con esa textura tan particular fue una hazaña que demandó paciencia y buenos aliados hasta que finalmente dieron con la fórmula. El objetivo no era lograr una aproximación, sino recuperar la esencia pura de un plato cargado de añoranzas.
CON LA CARNE EN EL ASADOR
La primera gran validación llegó de forma rotunda en 2015, durante el festival Barcelona Harley Days. Sus creadores hicieron una apuesta arriesgada: invirtió más de 25.000 euros en materia prima, imagen y el montaje de un stand de 3x3 metros con una pequeña terraza, sin saber aún si el producto funcionaría. El evento duraba cinco días, pero durante la primera jornada vendieron absolutamente todo lo que tenían preparado para la semana. Se encontraron con filas tan largas que tuvieron que salir a buscar insumos de emergencia para continuar. Lo que parecía un producto de nicho se convirtió en un fenómeno inmediato, permitiéndoles descartar con alegría el plan B que consistía en vender “papas fritas, salchichas, pan de perro caliente, por si acaso”.
Después llegaron nuevas ferias, entre ellas Palo Alto Market, uno de los espacios de tendencias más reconocidos de Barcelona. Allí no solo consolidaron las ventas, sino que aprendieron a afinar el concepto, desde la presentación y el servicio hasta la estética de la marca y la capacidad de hablarle a un público multicultural. La cachapa, además de ser un símbolo afectivo, empezó a conectar con los consumidores europeos por razones añadidas, como su condición de producto libre de gluten. La propuesta dejaba de ser solo nostálgica para demostrar, con claridad, su potencial comercial. “Ahí fue donde aprendimos a vender las cachapas a todo el mundo; es decir, a evangelizar a través de nuestras cachapas. A vender cachapas en francés, en alemán y en todos los idiomas”, resalta el empresario.
El paso del foodtruck —que visitaba los fines de semana Cataluña, Valencia, Madrid, Castellón, entre otras localidades— al restaurante físico no fue un salto improvisado, sino la respuesta natural a una demanda sostenida. Los clientes ya no querían encontrar la marca únicamente en ferias: querían sentarse, vivir una experiencia y sentir a Venezuela en un espacio propio. Así nació, en el 2018, el primer restaurante en Barcelona, ubicado en la calle Villarroel 57. Luego vendrían nuevas sedes en la misma ciudad, en Madrid y en Valencia, hasta consolidar los seis locales que operan actualmente en España.
EL PROPÓSITO DE UNA MARCA
Si algo distingue a La Cachapera, es la rigurosidad con la que es gestionada. David Díaz Rojas es un ingeniero ambiental con un posgrado en Data Information Verification and Auditing. Su mundo era un universo totalmente diferente, pues venía de ser director regional de una multinacional inglesa. Esta trayectoria corporativa le permitió estructurar una operación rigurosa, basada en manuales, protocolos, auditorías internas, controles externos e indicadores de calidad. Su meta es clara: que una cachapa servida en Valencia sea idéntica a la que se disfruta en Barcelona o Madrid.
Esa combinación de identidad y sistema explica buena parte de su expansión. La empresa no ha crecido únicamente por la nostalgia del migrante, sino por haber convertido un producto tradicional en un modelo de restaurante escalable sin sacrificar autenticidad. La lógica, sostiene Díaz Rojas, ha sido escuchar al mercado. En muchas ciudades era la propia clientela la que pedía las aperturas, sugería zonas e incluso les enviaba locales posibles. Más que perseguir nuevas plazas, la marca sintió que el mercado la estaba llamando.
“Estoy muy agradecido porque La Cachapera me acercó a lo que realmente es mi misión de vida: llevar ese pedacito de Venezuela a todas las partes donde sea posible y hacer que todos esos venezolanos se sientan en casa. Más que un restaurante, es una embajada gastronómica” afirma su fundador con gran ilusión.
Esta evolución responde a que el equipo siempre tuvo claro su rumbo. “La Cachapera se expande porque evidentemente creamos un fenómeno llamado #cachapalover. Nosotros no solo hacemos cachapa. ‘We make cachapalovers’ es nuestro eslogan”, explica.
Para este joven venezolano, el punto de inflexión que le hizo jugar todo por su sueño no está en los locales ni en las cifras, sino en un episodio que redefinió el sentido del proyecto. Ocurrió en una feria en Castellón de la Plana. Cuando ya estaban por cerrar, una joven venezolana llegó corriendo para comprar una cachapa. Al recibir su cachapa tradicional, la chica la olió y rompió en llanto. Entre abrazos de consuelo, logró explicar que había salido de Venezuela hacía ocho años y nunca pudo volver a ver a su madre. Su madre falleció sin verla y ese aroma le devolvió la memoria de la última cena que compartieron antes de que ella emigrara. “Esta es mi despedida con mi madre”, le dijo al equipo.
Este instante le permitió al fundador comprender que el negocio iba mucho más allá de la venta de comida. Podía ser también un refugio emocional, un lugar donde la migración encontrara consuelo, identidad y pertenencia.
LA CARTA
La propuesta gastronómica también refleja esa evolución. Aunque la cachapa tradicional sigue siendo un emblema, una de las más vendidas es la cachapa El Junquito, con queso de mano y cochino frito. Otras alternativas nacieron de observar al cliente y entender cómo la quería comer. Ese ejercicio de escucha activa convirtió el menú en una mezcla de memoria, innovación y lectura comercial.
Asimismo, abrió las puertas a la colaboración abierta y sin recelos con otros creadores. Destacan recetas diseñadas junto a Los hermanos Moya, como la arepa de camarones con cangrejo, recreada con ingredientes locales como el centollo gallego y las gambas carabineros; la arepa de chivo con coco, elaborada junto al chef Luis Ojeda; y la cachapa Agüita de sapo, conceptualizada con Andrés de Oliveira. Cada plato intenta contar una historia, un lugar, una costumbre, un recuerdo familiar o una manera de reinterpretar la cocina venezolana sin vaciarla de sentido. Son 17 opciones de cachapas que el consumidor puede personalizar a su gusto.
Hoy, la marca emplea a más de cien personas y sostiene una meta ambiciosa: alcanzar 20 sedes dentro de España en un plazo de tres años, para luego dar el salto internacional hacia países como Portugal, Francia y Alemania. Si esa expansión llega, este empresario y su equipo contemplan el modelo de franquicias, asegurando que el crecimiento mantenga el mismo estándar de calidad en cada uno de los restaurantes. David Díaz Rojas afirma que se apoya en cuatro valores inquebrantables que definen la personalidad de la marca: la calidad, la pasión, la responsabilidad y el respeto.
En el fondo, la historia de La Cachapera explica algo mucho más grande que el éxito financiero de un restaurante. Habla de cómo la migración puede transformarse en una empresa, la memoria en una marca respetada y la cocina en un lenguaje de pertenencia. En cada cachapa servida hay una añoranza, una lágrima o una sonrisa, pero también la certeza de que, incluso estando lejos de Venezuela, todavía es posible volver a casa por un instante.
LÍNEA DEL TIEMPO LA CACHAPERA
06/2015 - Primera Feria Importante - Barcelona Harley Days
09/2015 - Primer Palo Market Fest el Market que nos abrió las puertas al mundo
Del 2015 al 2018 - Asistiendo a Ferias Gastronómicas en toda España
01/2018 - Primer Restaurante Barcelona - La Cachapera Villarroel - C/ Villarroel 57
05/2022 - Segundo Restaurante Barcelona - La Cachapera Sagrada Familia - C/ Marina 241
06/2022 - Tercer Restaurante Madrid - La Cachapera Chueca - C/ Barquillo 34
04/2023 - Cuarto Restaurante y Obrador Industrial en Barcelona - C/ Espronceda 37
08/2024 - Quinto Restaurante Valencia - La Cachapera Ruzafa - C/ Sueca 46
04/2026 - Sexto Restaurante Madrid - La Cachapera Cuzco - C/ Hermano Gárate 6