La dulce campiña inglesa
      A-    A    A+


La ciudad de Coventry fue reconstruida después de la segunda guerra mundial. Una vez apartados los escombros que quedaron tras el paso de los bombarderos alemanes, fueron alzándose otra vez las discretas casas de ladrillos donde los ingleses se recogen al concluir sus jornadas de exactitudes y trabajo. En verdad, Coventry es una pequeña ciudad prescindible, donde tiene su asiento una fábrica de automóviles británicos y un contingente de obreros especializados en alguna técnica. Pero muy cerca de esta ciudad, que quedará asociada al apellido Churchill de por vida, está la Universidad de Warwick. Apenas fundada en 1966 hacen de esta casa de estudios una de las más jóvenes de Gran Bretaña. Si pensamos que la universidad de Oxford fue establecida a finales del siglo XII y la de Cambridge a finales del siglo XIII, caemos en cuenta de la curiosidad, casi diría el atractivo turístico, que representa un centro de estudios nuevo. Su nombre proviene del pequeño poblado que creció alrededor del castillo de Warwick.

El Castillo de Warwick

No exageran quienes afirman que este castillo es el mejor conservado de todas las fortificaciones medievales inglesas. Está intacto y, si hacemos abstracción de algunos dispositivos turísticos que lo banalizan un poco, podemos respirar el aire de su tiempo. Para los amantes de las novelas de caballería, la visita es una fiesta: pareciera que Tirant lo blanc en cualquier momento irrumpe en la sala o que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha podría acercársenos en plan de arreglar alguna cuenta vieja. Así de nítida es la conservación del lugar que, además, casi parece totalmente vivo por el juego de figuras de cera que emulan a personajes de distintas épocas que vivieron entre muros.

El día que dispuse para atravesar este túnel del tiempo, tomé un autobús en Coventry y seguí la ruta de los pueblos. Se detuvo en Kenilworth, en Royal Leamington Spa, y siempre tuve de compañera a una típica ancianita inglesa contentísima, que se fascinaba con los vericuetos de mi acento, mientras hacía esfuerzos por encontrar en el mapa personal de sus recuerdos el sitio donde quedaba un país llamado Venezuela. Finalmente, lo encontró y la seña que calzó mejor en su sistema de referencias fue la vecindad con Trinidad. Allí estuvo de paso su padre en una travesía que tenía por destino final el Río de la Plata, en Buenos Aires.

Ignoro por qué las viejitas inglesas andan tan contentas, pero es así, a tal punto que no les da vergüenza hablar en voz en alta en los autobuses y reírse a carcajadas, al lado de algún adolescente ya entrenado en los rigores de cierto flematismo. En aquellos largos meses ingleses, cuantas veces tuve al lado a una de ellas recordé a mi madre y sus súbitas alegrías. Es curioso, pero Warwick está inscrito en mi memoria más por la dulzura de mis compañeras de autobuses que por las armaduras o las ballestas o las espadas. Desde una de las torres del castillo la vista es verde y suficiente. Entre todos los árboles se distingue un cedro del Líbano, gigantesco.

El pueblo de Shakespeare

La visita a Stratford upon Avon tiene un solo sentido: recorrer la casa donde nació William Shakespeare y visitar el museo que se levantó al lado. El hijo de John y Mary vino al mundo el 23 de abril de 1564. Diecisiete años antes había nacido en Alcalá de Henares Miguel de Cervantes Saavedra, su contemporáneo.

Pues a ver cómo es el sitio donde nace un inmortal es a lo que van alrededor de trescientas mil personas al año, y el descubrimiento no puede ser más verosímil: su casa de madera es tan sobria como la escueta severidad de su educación, tan de madera como las tablas sobre las que el poeta y dramaturgo construyó un universo alterno al de Stratford upon Avon. En el respaldar de la cama donde su madre lo trajo al mundo es imposible leer el crucigrama de sus tragedias, ni la abundancia de la sangre que en sus dramas se derrama, ni siquiera la musicalidad de sus versos. Por más que el turismo organizado lo arrope todo con sus tentáculos de fuego, la casa de Shakespeare es un monumento conmovedor: en ella comenzó a urdir la tela de sus obras.

Al salir de allí, el mundo retoma su discurso multitudinario. Miles de personas deambulan por las calles cargadas de bolsas con las cosas que recién acaban de adquirir en las pequeñas tiendas en las vías adyacentes. Si se ausculta bien, puede hallarse un estupendo restaurante italiano y otro inglés de los buenos (sí los hay, créanme); si la urgencia así lo impone, los fast food están a la orden del día, y si son devotos de la comida de la India, pues no será difícil hallar el objeto del deseo. La gloriosa comida nepalesa ya es menos probable saborearla en las calles que trajinó el dramaturgo, nada es absolutamente perfecto. Pero esta carencia es compensada con la diminuta belleza de las calles, con la graciosa disposición de las flores sobre el techo de los salientes de las casas. En verdad, Stratford upon Avon es un pueblo que conserva el influjo irreal de Shakespeare, por más que el tiempo y la gente hayan incidido sobre el paisaje. El pueblo todo es distinto, pero allí permanece su casa intacta, y alrededor de ella sigue estructurándose una obra de teatro de muchos actores que entran en escena, con distintos plumajes, y salen después de haber dicho su parlamento.

La amistosa naturaleza

Para quienes venimos del agreste trópico, acostarse sobre el césped inglés es una experiencia relajante. No hay que estar pendiente de la picada artera del bachaco, ni de los ataques en masa de las hormigas. Tampoco hay que estar comiendo con una mano y con la otra dar manotazos a la mosca impertinente de la que habla Antonio Machado. El campo de la isla de Elton John es amable: los riachuelos corren como en una maqueta de trenes eléctricos, los abedules circundan las estribaciones como si esperaran la visita de los enamorados. La tierra y sus frutos no invitan a estas grandes épicas de conquista a las que estamos acostumbrados en nuestros países. El hombre del campo inglés no tiene por qué ser una suerte de Marcos Vargas ni de Indiana Jones, a lo sumo puede ser un señor apacible que cuida ovejas y que es ducho en picardías de aldea.

Gran Bretaña es asombrosamente multicultural. Este es uno de sus mejores rasgos: allí conviven gentes de todas las procedencias, de todas las creencias, bajo el hálito civilizadísimo de la tolerancia. Hasta de paseo por la campiña inglesa puede uno toparse con los personajes más disímiles: desde el que ha decidido tatuarse todo el cuerpo con una suerte de filigrana ofídica, hasta el caballero que se hace los zapatos a la medida, pasando por los indios o las polacas. Todo es posible. La excentricidad de los ingleses es infinita. Basta ver uno de estos programas de televisión kitsch para que lo raro que presentan los norteamericanos es sus talk show nos parezca cosa de niños.

Un reino juguetón

Detenerse en la importancia de los juegos en la cultura inglesa sería tarea que sobrepasa las posibilidades de estas líneas. Pero allí está el césped donde ocurren el rugby, el fútbol, el golf, el polo, el cricket y, también, en una operación de emulación fascinante, los juegos que bajo techo ocurren sobre un césped simulado: la tela verde de la mesa de billar o de pool. En tiempos de campeonato, es sobrecogedor saber que medio Reino Unido está viendo las maravillas que un jovencito escocés hace sobre la mesa con el taco y las bolas. En silencio total, el televidente sigue el curso imprevisible de la bola dándole a las bandas y acercándose a su destino final. La grama de la intemperie está en casa, junto a los prodigios de la precisión y la algarabía del triunfo. El césped de las mesas de billar es el mismo de la campiña inglesa, el mismo que insufló el espíritu de una de las mejores literaturas del mundo (¿acaso debo abandonar la prudencia y decir claramente que es la mejor?), el mismo que recibe gustoso los pasos de la gente más rara y la más convencional. Eso sí, ambas raleas están tocadas por el mismo ademán histriónico. Todos actuamos en Inglaterra, hasta los extranjeros tenemos nuestro papel. Los hijos de Shakespeare han dado en el clavo del humor: actuar es verse en el espejo de la risueña ironía, es ser otros y vernos desde afuera, todo el tiempo. Así, hasta el más pesado, se libra del peso de sí mismo.

Unas gotas de whisky

Esta crónica tiene su origen en una pregunta que me hizo un vecino mexicano en Inglaterra: ¿qué toman en Venezuela? Al responderle caí en cuenta de lo poco que sabía acerca del whisky y, estando en las tierras donde se produce, habría sido imperdonable no indagar lo elemental. Fui descubriendo un mundo de matices mínimos, complejo, como todas aquellas redes que se van tejiendo alrededor de una industria, alrededor de una faena donde los hombres empeñan sus vidas. Como siempre, la valoración que sobre algo se formula depende del sitio y la comunidad que lo ejecuta. El whisky bueno para un norteamericano no lo es para un escocés, y las botellas más consumidas en Japón, en Venezuela ni se conocen. Y así el mapa es variado, topográficamente accidentado, tanto como las Highlands y las islas donde se destila el whisky escocés.

El origen de la palabra whisky late en el vocabulario gaélico Visge beatha que significa “agua de la vida”. En latín su equivalente sería Aqua vitae. El registro más lejano de factorías de estas aguas espirituosas escocesas es de 1494, pero la aparición de la bebida como hoy la conocemos data de 1618. Sobre la procedencia de esta técnica se manejan dos teorías: la trajeron desde Irlanda unos monjes o los integrantes de las cruzadas aprendieron de los árabes el proceso y lo trajeron al regresar. Esta segunda suena más convincente, porque los árabes fueron los primeros en dominar el procedimiento de la destilación. Quizás el origen sea doble, todo es posible. Quién sabe dónde aprendieron los monjes irlandeses lo que los árabes habían perfeccionado. En todo caso, fue algo que llegó a Escocia y que luego, con la unificación de Inglaterra y Escocia en 1707, fue lentamente extendiéndose por toda la isla.

El proceso que se siguió desde un principio hasta mediados del siglo XIX es el que da como resultado el whisky de malta. Luego se incorporó el que da el whisky blend (mezcla) que, dicho sea de paso, es el más conocido en el mundo. El ejemplo venezolano es ilustrativo: prácticamente no conocemos el whisky de malta, sólo bebemos blend. Este último vino a popularizar la bebida porque, al hacer el proceso más rápido y menos complejo, las botellas blend, desde mediados del siglo XIX, son más baratas que las de malta. Más aún, los conocedores de la bebida tienen una escala del uno al cinco para calificar las marcas y no hay un solo blend que llegue a cinco. Pero veamos esto con más detenimiento.

La escala viene determinada por la fuerza que es capaz de catar el paladar, no es necesariamente un juicio de valor. Los whiskies con uno o dos puntos están considerados para principiantes, y los de cuatro o cinco para bebedores a los que su paladar les pide más y más cuerpo, más y más aroma y quién sabe cuántas sutilezas más. En las destilerías dan a probar whiskies de las cinco gradaciones comenzando por la más baja y, en verdad, sí se va percatando uno del enriquecimiento de la bebida, se va como acuerpando hasta que llega a ser como una mujer madura.

Les doy algunos datos, pero prescindamos de los whiskies de malta que ignoramos casi por completo y centrémonos en el blend. Lo primero, hay dos tipos de blend: el de Luxe y el Standard blend. De todos ellos sólo dos alcanzan grado tres: The Antiquary e Islay Mist, ambos totalmente desconocidos para nosotros. Luego, varios suman dos-tres, cito algunos: White Horse, Dimple, Johnnie Walker etiqueta negra y etiqueta azul, Chivas Regal, Ballantyne´s. El whisky más vendido en Estados Unidos es el White Label y el más vendido en Escocia es The famous Grouse; el más vendido en toda Inglaterra, el Bell´s. Los japoneses no podían faltar en esta fiesta y compraron una destilería que produce un whisky al que no le auguro ningún éxito en países de habla hispana. Se llama Tomatin, así como lo leen, no le falta ni le sobra una letra. El humor del venezolano haría trizas esta marca nipona.

Finalmente, si alguna vez en su vida quiere tomarse un whisky con cinco puntos en Escocia pida un Talisker o un Longrow o un Ledai o un Lagavulin. Pero si estas sofisticaciones no son para usted y lo que busca es alegrarse un poco el espíritu, siga tomándose su whisky de toda la vida y sepa que, a pesar de la crisis, seguimos siendo un mercado atractivo para las destilerías escocesas. Algún día averiguaré cuándo y cómo comenzó esta afición en Venezuela y se lo contaré a mi amigo mexicano. Por lo pronto puedo asegurarles que la diferencia entre los whiskies mezclados (blend) y los de malta es notable. Probar los de malta superiores es como ingerir un veneno del que después no se puede prescindir: son de un sabor único, algunos son casi una crema pura. ¡Ah, el saber siempre trae sus consecuencias: ¡cómo tomar ahora un blend y no recordar la gloria de un excelente whisky de malta, sin hielo y a temperatura ambiente! Por algo Dios le dijo a Adán y Eva que no se comieran la manzana. La inocencia es una bendición. Salud.