Por: Sara Kafrouni
Fotografía: Sergio Di Francesco
Fue la primera Miss Venezuela en ser coronada en El Poliedro de Caracas y, además, recibió la banda de Miss Elegancia. Para ella, aquella gala fue una vivencia inolvidable; el público la ovacionaba con tanta fuerza que, según sus propias palabras, “estaba a punto de explotar”. Es una noche que atesora profundamente.
Esa noche lució un vestido con plumas traídas de Italia, inspirado en un diseño de Valentino. Osmel Sousa plasmó la idea y Alfa Saboine, de la Boutique Alfa en Caracas, fue quien materializó la confección.
Como ella misma afirma, haber sido coronada fue su primera meta. A partir de ese logro, se enfocó en continuar sus estudios y compartir su experiencia en el modelaje. Fundó su academia. Allí preparó a reconocidas figuras de la televisión venezolana: Irene Sáez, su primera Miss Universo; Marisol Alfonzo, Miss Venezuela 1978; Nina Sicilia, hoy presidenta de la Organización Miss Venezuela; Rebeca Costoya, Mariela Salma, Norys Silva, Carolina Perpetuo, Hilda Abraham y Sabrina Gómez (Kiara).
No obstante, y aunque confiesa que le hubiese gustado, nunca estudió Derecho ni ha impartido clases en la UCLA. Relata que desconoce el origen de esa afirmación, pero se mantiene fiel a sus principios de honestidad. Quizás por ello, su belleza sigue vigente, adaptándose a su edad, a sus sueños y a su desarrollo espiritual.
—¿Qué siente la mujer de hoy por aquella joven que defendió con tanta elegancia su derecho a representar a Venezuela?
—Siento una gratitud profunda por aquel entonces, por defender el derecho de representar a mi país, a Venezuela. No era una cuestión solamente estética; era un acto de presencia y, sobre todo, de carácter. Agradezco que no me dejé intimidar por tantas expectativas ajenas y entendí que la verdad sostiene tu integridad frente al mundo. (…) Aunque yo no nací en Venezuela, este es mi país. (…) Aún me reconocen y cuando eso ocurre, me reconforta en mi interior, porque después de 50 años que alguien te identifique es algo extraordinario.
—En 1975 la meta era una corona, ¿cómo ha mutado ese concepto de reina a lo largo de su presencia en la vida pública?
—En el año 1975 yo era una niña de 17 años (cumplí 18 estando en el concurso) y mi meta era la corona, pero en ese año el universo se reducía a eso: a la pasarela, a la banda y a ese instante en que el nombre de Venezuela resonaba así en el auditorio. En aquel entonces, la corona era el destino final, pero también representaba el símbolo máximo del éxito y la validación de todo un esfuerzo grande que hice. Cinco décadas después la perspectiva cambia el lente; porque lo que en 1975 era la meta, hoy se entiende como el punto de partida. Después de eso, mi objetivo era enseñar, e creé mi academia de modelaje Maritza High Fashion, donde enseñé lo que yo sabía sobre el foco, la resiliencia y la voz propia a las demás mujeres.
—¿Qué cualidades consideras que la distinguen dentro del mundo del modelaje y han marcado su trayectoria?
—Hay una gran diferencia. Hay algo anecdótico: siempre me he ganado el título de Miss Elegancia, porque es algo nato en mí, de genética, lo tenía incluso mi abuela. Pero el hecho de haber estudiado modelaje, desde los 13 años, en la academia internacional Barbizon, que estaba en Venezuela, hizo una gran diferencia. Ya para la fecha en la que entré al Miss Venezuela yo era la reina de la pasarela, nadie me ganaba ahí. Concursé en el Miss Venezuela y luego mi mamá me mandó a estudiar en Barcelona, España, para convertirme en profesora de modelaje. Creo que lo que realmente me diferenció fue haber tenido una carrera técnica. Me preparé para eso y por eso tuve mucho éxito.
La belleza reflejada en la mirada y el alma (intertítulo)
—¿Qué opina sobre las tendencias actuales en estética y cómo valora el hecho de quienes fueron reconocidas por su belleza física en el pasado hayan logrado conservar sus rasgos?
—No estoy en contra de la cirugía estética ni de todo lo que sea para realzar tu belleza. Pero sí estoy en contra de los abusos. Estoy de acuerdo con los retoques, siempre que no exageres y no cambies tus facciones. Yo, todavía no me he hecho ninguna cirugía en la cara. No digo que no me den ganas de hacerme la blefaroplastia en los ojos, pero por ahora prefiero esperar.
—Al abordar el tema de la belleza y los estereotipos actuales, ¿de qué manera percibe la belleza?
—La puedes ver de diferentes formas; la reflejas en tu cara. No por tus facciones, sino por cómo tú te has portado en la vida y lo que hayas hecho. Todo eso lo reflejas en tu mirada. Hay personas que las ves y dices: “Qué dulce, qué bonita”. Lo más seguro es que son personas buenas, de alma bonita. (…) La gente no me pone edad a mí, pero sabe que yo nací el 8 de octubre de 1956 y aún me pueden identificar. Le doy gracias a D-os, que tengo esta edad, que estoy viva y puedo decir: “Sí, estás viva”, y celebrar cada año.
Derrumbando clichés y resaltando valores (intertítulo)
—¿Cómo valida su identidad personal y profesional ante realidades impuestas que buscan aparentar o restar valor a sus logros?
—Eso es muy importante para mí. Creo que para una persona leal, recta y correcta, la mentira es un gran pecado. Con la mentira puedes involucrar a personas en problemas muy graves y lo veo mucho actualmente en las redes sociales. Todo por el algoritmo. Eso no es correcto. La mentira no la soporto.
—¿Cuál ha sido el mayor prejuicio que ha tenido que derribar para demostrar que la belleza no está reñida con la capacidad intelectual y gerencial?
—El prejuicio es subestimar a alguien por falta de cortesía y comprensión. Durante décadas el mundo, por ejemplo, operó bajo una falsa dicotomía de que si eres reina, siempre tienes que sonreír y seguir instrucciones. Romper con ese estigma de la cara bonita para ser tomada en serio, implica preparación. Todo el mundo mira el físico, pero cuando tienes que entrar a una conferencia, el reto es llegar y decir: “Aquí estoy yo y lo que voy a decir es porque estoy preparada”. Por ello, es fundamental estar capacitado para afrontar las situaciones con firmeza y claridad, demostrando una personalidad sólida y carácter, que permita defenderte.
—¿De qué manera y qué experiencias personales han transformado su espiritualidad y forma de ver el éxito?
—Para mí ha sido la maternidad. Ver nacer y crecer a mis hijas fue el golpe de realidad más espiritual que he podido experimentar. Entendí que yo ya no era el centro del universo ni nada, sino que lo eran mis hijas. Me dediqué completamente a ellas. Escogí gerenciar un hogar, formar seres humanos con valores, que para mí era lo más importante. Yo tengo dos hijas y las dos son completamente exitosas.
—¿Cuál considera que es el elemento más difícil de asumir hoy en día?
—Sería la elegancia de la integridad. Si pierdes la integridad, pierdes todo, porque no puedes brillar si no la tienes. No es solo tener éxito económico, alguien honesto, debe tener integridad para lograr tener todo lo demás.
—¿Qué le hace ilusión?
—Tengo algo a mi favor y es que creo firmemente en D-os; Él es quien me ilumina. He perdido a dos hermanas —una hace casi 20 años, en 2003, y la otra hace cuatro años, ya casi cinco—, y hace un año y medio falleció mi esposo. El proyecto más importante para mí es D-os, quien me ha otorgado esa fuerza espiritual que me permite comprender que nunca debemos pensar: “se fue y me quedé sola”; no, uno no se queda solo, porque el alma permanece con D-os, y Él es la mayor fuerza que puedes tener. Entonces, mi fuerza son mis hijas, mis nietos, mi mamá y mi espíritu en sí, que es alegre, no soy persona de guardar rencor a nadie ni odio.
Epígrafes:
1. “Esa noche lució un vestido color melón con plumas traídas de Italia, inspirado en un diseño de Valentino. Osmel Sousa plasmó la idea y Alfa Saboine, de la Boutique Alfa en Caracas, fue quien materializó la confección”
2. “La mentira no la soporto”
3. “Ver nacer y crecer a mis hijas fue el golpe de realidad más espiritual que he podido experimentar”