Los círculos concéntricos de la amistad
Por: Con Clase
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Para quien esto escribe, el ejercicio de la amistad y las relaciones humanas viene en tres círculos concéntricos: el primero, el del grupo de nuestros amigos más cercanos y queridos, que suelen ser un puñado; uno exterior más ancho, en el cual hay afectos importantes -colegas, amigos de la infancia, gente que se nos quedó en alguna experiencia laboral anterior-, menos frecuente y más eventual; y el último de los tres, el más extenso: el de los “conocidos”. La gente con la cual se tiene algún nivel superficial de trato profesional o personal en una atmósfera de cordialidad, pero no mucho más.

Hay un cuarto apartado en esta galaxia: el elenco de la gente que no nos gusta, los indeseables, los tóxicos. Sabemos quiénes son y los queremos lejos. Pero este apartado quizás no se cuenta, porque está en el extrarradio, en esa espesa pero inequívoca dimensión de la existencia que llaman “el carajo”, a donde solemos mandarlos. Los vemos a veces, en las redes sociales, afortunadamente en otra zona de la realidad. Están alejados de nuestro sistema solar de relaciones; el que sostiene nuestro mundo.

Como el universo es dinámico y vamos cambiando con el paso del tiempo, los integrantes de estos círculos concéntricos entran y salen de nuestras zonas afectivas, dependiendo de las circunstancias y el contexto. A veces, algunos grandes amigos del círculo íntimo se pasan al segundo, o saltan directamente al cuarto. Otros entran desde el segundo o el tercero al primero. Hay muchos que se mantienen en el mismo lugar toda la vida. Ocasionalmente -sobre todo en la juventud inicial; cuando “aprendemos” a ejercer la amistad- las relaciones fallidas de los primeros tres círculos concéntricos terminan en el agujero negro del cuarto apartado.

En los años iniciales de la vida, tener un grupo de amigos sólido y fundamentado es un asunto existencial. Un código de pertenencia y validación; un espacio para desarrollarnos como persona, para protegernos del entorno y desplegar nuestra confianza frente a lo que se aproxima.

El paso de la vida nos va demostrando que ciertamente hay amigos con estatus vitalicio, con los cuales tenemos una relación afectiva superior, probable producto de una admiración mutua, de valores similares y amplias zonas de agradecimiento. Hay grandes afectos, algunos, que en algún momento se bajan del tren de nuestras vidas, bien de forma armónica y silente, bien de manera manifiesta y estridente. En ocasiones no hay motivos concretos.

Se enfrían las amistades, la diversidad de intereses, la valoración de las experiencias, la llegada de nuevas personas y realidades, las diferencias personales, las traiciones y las rivalidades.

Pero una vez que el edificio sentimental está hecho, y que vamos viviendo con esa realidad, superando pruebas y consolidando vínculos con las pequeñas mutaciones del caso, no es fácil meter nuevos inquilinos en la zona de la amistad a determinada edad. Después de los 40 años -diría más: luego de tener hijos- ya no es tan sencillo hacer amigos

En la juventud la amistad es un carnet de pertenencia. Las fricciones son parte natural de las zonas de socialización. Los jóvenes con frecuencia se lastiman, se irrespetan y hasta se maltratan siendo amigos. El estatus que producen ciertas relaciones y pertenencias grupales exige algunos sacrificios personales.

Todo ese paisaje cambia por completo en la vida adulta. Nos traemos de la juventud a nuestros amigos calificados, y vamos sumando de manera aislada personas al portafolio de relaciones personales en la medida en la cual estudiemos alguna otra carrera; inscribamos a nuestros hijos en colegios y departamos con otros padres; desarrollemos alguna afición particular que nos haga asistir a cursos o viajar. Pero cuando un adulto funda un hogar y construye su feudo ya no está necesitado de pertenecer a grupos o asumir un lugar jerárquico en organigramas imaginarios.

En la vida adulta -al menos en la mía- las zonas de confort son las personales, las que están desprovistas de la necesidad grupal, la aprobación y las exigencias colectivas. Ese umbral quedó atrás hace mucho. Uno negocia con el colectivo de amigos desde la paz del lugar seguro del hogar. A partir de determinando momento, las amistades entran a nuestro mundo en calidad de visita de intercambio, bajo criterio de selección, de acuerdo a las circunstancias. Para continuar impregnados con el sabor de lo vivido. Porque el placer de la verdadera amistad sigue siendo el mismo.

Ya no será tan sencillo transigir ante determinadas opiniones y posturas; habituarse a hábitos y rutinas culturales que nos quedan lejos; empeñarse en llenar zonas de acuerdo con personas con las que se tiene poco o nada en común.

Después de los 50, con el edificio de amigos lleno -aunque siempre mutando- los nuevos amigos ya son un producto esporádico, cada vez más periódico: una extraña fortuna.