Karina Sainz Borgo
Estoy feliz con “Aún es de noche en Caracas”
Por: Con Clase
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En un momento particularmente interesante de su carrera como escritora, Karina Sainz contempla el desfile de la versión cinematográfica de su primera novela en los festivales internacionales de Venecia y Toronto. “A Mariana Rondon y Marité Ugas le quedó mejor la película que a mi el libro”

Alonso Moleiro

Para Karina, una de las autoras venezolanas más comentadas del momento, es tiempo de recoger. Saliendo al mercado editorial internacional su nueva obra, Nazarena, la escritora venezolana también está punto de ver cristalizar en la pantalla cinematográfica Aún es de noche en Caracas, el comentado largometraje basado en La Hija de la Española, su primera y muy exitosa novela. Un esperado trabajo dirigido por las reconocidas realizadoras Mariana Rondón y Marité Ugas, y producido por la superestrella Edgar Ramírez.

Karina es parte de una generación de escritores tocados emocionalmente por la circunstancia del desarraigo; por el derrumbe socioeconómico y el carácter fallido del proyecto nacional venezolano. Tiene con el país una relación desigual, contradictoria, pero sin dudas presente. Hija de inmigrantes españoles, como reza su libro, Sainz se ha abierto campo con mucho éxito en el universo cultural, periodístico, y entre las élites de España, gracias al éxito de sus novelas y la fundamentada pluma de sus trabajos periodísticos.

Karina tiene una inteligente y fértil conversación, poblada de referencias y matices con construcciones complejas. Confiesa, como ya lo ha hecho antes, que pasó unos primeros años de su vida en el exterior defraudada de las claves de la sociedad venezolana, agotada con sus contradicciones e insuficiencias. Deseosa de no volverse de no enterarse de nada de lo que en el país sucediera para mantener su tranquilidad. Ella misma asume con enorme satisfacción que ese sentimiento ha mutado con el tiempo: ahora tiene una aproximación claramente más empática, más cercana y orgánica con su país. Karina asume con mucha fluidez su circunstancia binacional. Venezuela, una sombra de la cual ha dejado de huir, es frecuente materia prima de muchas de sus actividades públicas y reflexiones escritas.

-¿No te dio miedo recibir esa propuesta de llevar a la pantalla tu novela? Hay muchos casos de adaptaciones cinematográficas de grandes obras que no terminan quedando bien.
-Recibí dos proposiciones previas que no me habían gustado mucho. Reconozco que el hablar con Edgar Ramírez, a quién no conocía, sentí que él había captado parte importante de lo que yo quería decir en el libro. Me gustó que él capitaneara y produjese todo el proceso. Todo el trabajo del casting, el estreno en Venecia, en Toronto. Ahí había una vocación muy clara, desde el comienzo.

-¿Quedaste contenta con el resultado entonces?
-Claro, muy contenta se lo he comentado a Mariana y Marité, en broma: la película quedó mejor que el libro, ellas lo mejoraron mucho. Les quedó a ellas mejor la película que a mí el libro.

- ¿Vuelves mucho en lo personal sobre aquellos capítulos de tus últimos años en Venezuela, o eso quedó atrás para ti?
- No lo sé; hace un año te habría dicho que yo cerré ese capítulo, pero eso nunca se cierra del todo. Cierto que “La hija de la española” vuelca un momento de inflexión particular de la vida en Venezuela. Pero en la segunda novela que escribí, el Tercer País, se documenta el comienzo del descenso más agresivo de las condiciones. Decidí hacer entonces un retrato de la migración. Y aunque la tercera novela, la que está por salir, no tiene exactamente que ver, va y viene, termina regresando, el tema del país. Es muy difícil sustraerse de esa realidad, esto de tener frente a ti a un país encarcelado. El paso del tiempo, también, produce ese efecto. Mi padre murió aquí, y yo creo que no había nadie más venezolano que mi padre. El tema del arraigo y el desarraigo es permanente y siempre se resuelve con la escritura.

¿Se puede decir que sanas escribiendo?
Bueno, me permite entender las cosas. Ponerlas por escrito es un proceso cognitivo que me permite ordenar, darle discurso a lo que tengo en la que cabeza. Sino, diría cosas mucho peores, tendría una relación más turbia con la idea general de lo que somos.

-Entre quienes se van, en los primeros años, siempre se aprecia un momento inicial de negación y dolor con el país. Muchos de ellos, con el paso de los años, se van reconciliando con la realidad existente. Es un rasgo que se aprecia.
- Salí del país con 23 años, en un momento difícil, pero muy vibrante, en pensamiento, en periodismo, en literatura. Pero todo se estaba complicando. Tengo 20 años fuera. Me fui muy aturdida. Me volqué tanto en adaptarme a mi nueva vida en España, en conseguir trabajo, que el tema de Venezuela me ponía mal. Me costaba mucho, entré en una fase neurótica con el país, me ponía de mal humor. Recuerdo la crónica que tuve que escribir cuando murió Chávez, que me la pidió con insistencia la prensa, fue muy difícil asumir eso. Porque en aquel entonces las cosas no estaban tan claras, no eran tan identificables como hoy. Hoy creo que hoy no hay ninguna duda de la naturaleza política del proceso bolivariano. Al publicar la Hija de la Española, el proceso se amplifica. De pronto, de no querer hablar de Venezuela, de tener ese reconcomio, paso a ser interrogada con frecuencia por mis lectores, se me pregunta. El tema igual uno lo lleva, te busca, forma parte de ti. Tengo muchas relaciones y amistades con venezolanos, Mucha gente por entonces, lectores, necesitaban hablar. Desarrollé un vínculo más abierto y compasivo con el país, menos psicópata. Creo que es un proceso que tiene que ver con el paso del tiempo.

-¿Cuánto tiempo tienes sin venir a Venezuela?
- Chávez no había muerto la última vez que fui. Aunque en sueños sigo allá; mentalmente me puedo mover por Caracas, la recuerdo. Que algunos amigos, como Rodrigo Blanco, cercanos en lo personal, estén acá, que uno pueda hablar con ellos, es como un apaciguamiento. De alguna manera son el país también. Hay entre muchos de nosotros una relación generacional con lo nacional. Rodrigo, Sánchez Rugeles, Doménico Chiappe, con ellos he desarrollado acá una relación de amistad más natural con la venezolanidad a partir del desarraigo.

-En tu caso hay un matiz importante: has podido entrar a la vida española, ingresar a su sociedad, relacionarte con parte de sus élites.
- Antes decía en broma que era española por méritos propios. Pero ellos nunca te van a ver como una española más, aunque pague todos los impuestos. Soy una sudaca. En un momento me vi obligada. No tenia nada que perder al llegar. Así como afirmo que soy muy crítica con Venezuela, también lo soy con España, he ido desmitificando esto. Es una relación real, sin idealismo.

¿Qué le preocupa de España?
Fatiga lo que se ve en la conversación pública local; hay signos de polarización política que preocupan. Ahora veo el cristal general del país con mayor detalle. Hay una tendencia a hipercriticarlo todo. A crear bandos. La lectura de la transición está muy polarizada. La izquierda ha renunciado a una generosidad con el pacto democrático que antes tenía, pero la derecha española se está volviendo “monstrenca”, es inquietante. España es muy compleja. Presentar “La hija de la Española” en una ciudad como Lleida, o Girona, donde tanta gente ni se siente española, lo explica todo. El tema ideológico es muy difícil, se replica en todos los sectores de la sociedad. Hay una cierta miopía, hacia ellos mismos, y hacia Iberoamérica.

-¿Has pensado en publicar ensayos, prosa conceptual?
- Me lo he preguntado seriamente. Uno tiene muchos años ganándose la vida en el periodismo, algo debería salir. Sí lo he pensado; tengo una idea en la cabeza. Hasta ahora ciertamente todo ha sido ficción. Tiene que llegar un punto, que tanto de manera personal como colectivamente, llegue el momento de poner por escrito muchas cosas. De las piezas de no ficción más leídas de este tiempo, fundamentales, siempre habrá que rescatar el trabajo de Alberto Barrera Tyszka.

-Se están produciendo muchos contenidos, algunos de enorme calidad, sobre la tragedia venezolana de estos años.
- Un panorama además muy variado. Desde Gisela Kozak, en México, hasta Carlos Lizarralde, o Rafael Osío, en Estados Unidos y Canadá.

-¿Tienes algún nuevo proyecto narrativo por cristalizar?
Bueno, muy pronto sale mi siguiente novela, Nazarena, editada con Alfaguara, que salió al mercado español este 12 de febrero, y que en los próximos meses ya saldrá publicada en Lima, Buenos Aires, Bogotá. Trabajé en ella como cinco años; me costó mucho. Estoy contenta con el resultado final.


“De un bar, al cine, luego a una la librería, de ahí a una exposición, y finalmente a un bar”

Karina Sainz emigró a España en algún momento de 2006. Tomo un avión y aterrizó en Madrid luego de pasar varios años en las páginas culturales de El Nacional. Tenía 23 años, y en relativamente poco tiempo consiguió trabajo, comenzó a hacer periodismo, a crecer como escritora y se adaptó a los deliciosos confines urbanos que propone la ciudad de Madrid. La cotidianidad urbana de Madrid, tal como relata, la define. Sobre lo que la realidad sugiere, ella va desentrañando las circunstancias. “Vivo matando tigres”, bromea. “Escribiendo sus artículos; hablando en la radio; dando entrevistas, atendiendo numerosos compromisos culturales y literarios, locales e internacionales. “Siempre me la paso metida en algo, siempre inventando cosas. Estoy en muchos proyectos culturales, literarios, me reúno con mucha gente”, cuenta. ¿Su día a día? “Del bar, al teatro, del teatro al cine, y de ahí al bar, de nuevo al teatro, a una librería, a una exposición, a un conversatorio. A la biblioteca, a una exposición, de nuevo al bar. Así vivo”, bromea. No demasiado en los parques de la ciudad. Nunca en los confines de un gimnasio. “No soy nada deportista.”