Es importante habilitar los medios para que las mujeres tengan ingresos propios y significativos. Medios que les permitan contribuir a su instrucción, progreso y autonomía.
Las mujeres somos un buen negocio
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Patricia Valladares
Consultora jurídica

Sección: Equidad de género


Cuando buscaba cómo iniciar este texto, pensé como abogada. Busqué el significado que la RAE le da tanto a “inclusión” como a “economía”. Para mi sorpresa, encontré que si bien la palabra inclusión habla de la acción y efecto de incluir —así como conexión y amistad—, la palabra economía, según su origen etimológico, significa “administrar una casa”.

Parece obvio que las mujeres estén, per se, incluidas en ella como administradoras culturales del hogar y del mundo de lo privado.

Sin embargo, es desde ese espacio, en el cual han ejercido tradicionalmente sus labores, donde les ha sido tan limitado acceder a las oportunidades, desarrollar sus potencialidades y productividad. Allí se ha limitado su independencia, la toma de decisiones propias en su provecho y en el de sus hijos.

Al hablar de economía, me refiero a “la actividad productiva remunerada”, ya que trabajo no nos falta. ¡Trabajamos un montón!

En el mundo, las mujeres invierten, en promedio, más del doble de horas en el trabajo doméstico que los hombres. En este cálculo incluí países como Noruega e Islandia, en donde es casi igualitario. No hay un país en el cual la diferencia sea igual a 0.

Adicionalmente a los quehaceres del hogar y del cuidado de los hijos, se nos encarga la atención de nuestros mayores, de los enfermos o de los discapacitados en la familia. Esta realidad complica las cosas.

En muchas ocasiones, en especial si estas tareas empiezan en edades tempranas como la adolescencia, matan los sueños. O, por lo menos, los ponen en un letargo del que solo se sale con un encantamiento, que a los efectos de nuestra historia lo deberían representar las políticas públicas.

Pero lo cierto es que ese encantamiento lo están representando las ONG y demás programas. Estos buscan rescatar a nuestras mujeres para brindarles esas oportunidades, escasas pero existentes.

Si sumáramos el tiempo que una persona dedica a la mitad de estas actividades, los cálculos nos darían el equivalente a la duración de una carrera técnica superior —siendo conservadora—.

Ahora bien, voy a dejar de hablar en primera persona, porque en realidad soy muy privilegiada. Mi abuela, siendo viuda, incursionó en los negocios y hasta construyó un hotel, El Gran Hotel Palmar en La Guaira.

Mi papá no solo pagó mis estudios. Me ayudó a conseguir mi primer empleo como pasante legal. Por su parte, mi mamá “no trabajaba”. Solo tenía 7 hijos. Me apoyó cuando tuve mi primera hija y decidí seguir trabajando, lo cual no era usual en la familia.


Conforme a un estudio realizado por la neozelandesa Marilyn Waring en 1975, se concluyó que si se contrataban trabajadores, según tarifas del mercado, para hacer todo el trabajo que hacen las mujeres, el trabajo no remunerado sería el sector más grande de la economía global

Prefiero hablar de las personas a quien nadie le paga un salario. Aunque hoy por hoy reciben algunas ayudas del gobierno, son insuficientes y no les brindan una independencia económica. Hablo de aquellos cuya voz no se oye, por no tener un trabajo remunerado que las acerque definitivamente a la igualdad y al empoderamiento.

Por eso es tan importante habilitar los medios para que las mujeres tengan ingresos propios, significativos, no migajas. Medios que les permitan contribuir a su progreso, a instruirse, a reunirse con otras mujeres y a formar una opinión propia en diferentes ámbitos.

Mientras disfrutaba la lectura del libro de Melinda Gates No hay vuelta atrás, encontré una información que llamó mi atención.

Conforme a un estudio realizado por la neozelandesa Marilyn Waring en 1975, se concluyó que si se contrataban trabajadores, según tarifas del mercado, para hacer todo el trabajo que hacen las mujeres, el trabajo no remunerado sería el sector más grande de la economía global. Y pensar que en esa época ese número se ni se contaba.

Luego se empezó a calcular, pero eso no quiere decir que hayamos avanzado mucho. Los hombres no dejarán que esto cambie tan fácilmente, porque ¿quién va a dejar una práctica en la que otro me hace un trabajo gratis?

Ese cambio debemos hacerlo nosotras. Pero lo mejor es que no tenemos que hacerlo solas: podemos hacerlo juntas. Unas ayudando a las otras. Unas habilitando a las otras. Visibilizando y hablando del tema.

Mientras los servicios públicos y la infraestructura, que son los que deben dar soporte a través de las políticas del Estado, sigan en deuda para revertir esta situación, tenemos que seguir apoyando iniciativas. Una de ellas es la organización Voces Vitales de Venezuela.

A través de sus proyectos, ya sea como participantes o líderes, Voces Vitales de Venezuela pueden brindar autonomía, entendida como la capacidad de tomar sus propias decisiones. De esta forma, contribuir al 5º objetivo de Desarrollo Sostenible de la ONU: lograr la Igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres y las niñas.

Por ello debemos reconocer, redistribuir y reducir el trabajo doméstico, tal como dice Gates en su libro.


Nota: Este artículo tiene una segunda parte, que aborda el tema relacionado con las mujeres en la economía. Será publicado en nuestra próxima edición.



Créditos fotos: 
Fuente foto al inicio del artículo: 
https://www.psychologies.co.uk/why-are-women-still-doing-most-housework
Fuente foto 2:
GEBER86-Getty Images