Abajo prejuicio: Latinoamérica contra Argentina en el Mundial 1990.
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Por: Gerardo Vivas Pineda
Antiguo alumno Colegio San Ignacio, promoción 1971.
Profesor jubilado USB.
Historiador, especialista en historia marítima y territorial de Venezuela.
vivaspineda@yahoo.com

El Campeonato Mundial de 1990, celebrado en Italia, nos dio la oportunidad a un cohesionado grupo de investigadores latinoamericanos para someter a prueba uno de los prejuicios más enraizados en el alma social del continente. Historiadores la mayoría de nosotros, también había antropólogos, sociólogos y algún politólogo entre los 30 exploradores documentales que acudimos al Archivo General de Indias de Sevilla para escudriñar miles de expedientes encerrados en más de 40.000 legajos que concentraban tres siglos de historia hispanoamericana. Algunos pretendíamos finiquitar la tesis doctoral, el requisito más exigente para obtener el máximo escalafón académico. Otros manoseaban páginas amarillentas con la intención, un poco más modesta, de redactar un artículo hemerográfico en la Revista de Indias, el Anuario de Estudios Americanos o la American Historical Review, las más prestigiosas publicaciones de historia americana. También pululaban en aquella antigua sede de la famosa Casa de Contratación sevillana los odiados buscadores de tesoros. Expoliaban en los registros de carga de naos y galeones los detalles de los tesoros embarcados, típicos de la Carrera de Indias. Era el sistema de transporte marítimo creado por la España imperial para llevar a la península ibérica toneladas de metales preciosos y joyas en bruto. El oro y la plata encabezaban las ambiciones de los antiguos reyes Habsburgos y Borbones, y en la última década del siglo XX sometían nuestros sueños a una no muy cómoda tarea: dejar durante años las yemas de los dedos en los folios manuscritos donde nuestras hipótesis intentaban ganar solidez para no terminar desechadas en los cestos de basura. Era una rutina retadora, algo soñolienta, hasta que nos despertó la reunión mundial del deporte de las patadas, con Argentina como campeona en ejercicio.




Cuando conocimos los protagonistas del partido inaugural, Argentina versus Camerún, todo nuestro grupo obedeció a ese prejuicio tan concentrado en lo más hondo de nuestros sentimientos: antagonizar —por no decir despreciar—, la típica prepotencia que se desprendía del hablar argentino dominante y del siempre tener la razón. No era una sensación momentánea, sino el arrastre generalizado desde México hasta la Patagonia de aquel retrato continental que se había concentrado a partir de la huida de tantos argentinos a toda América durante las dictaduras militares de los 70 y 80. Cuatro venezolanos nos codeábamos en el Archivo andaluz con mexicanos, peruanos, colombianos, uruguayos, ecuatorianos, guatemaltecos, brasileños, puertorriqueños, salvadoreños, bolivianos y panameños, pero ninguno se cuadró con Argentina. Todos apostamos por los negritos de Camerún, aunque dábamos por segura la derrota del elenco africano. Incluso nos sorprendió esa casi absoluta unanimidad de animadversión contra el país de las pampas. El “casi” no fue nada forzado. Obedeció al único ser humano que en el Archivo de Indias detentaba gentilicio y nacionalidad del cono sur, una chica argentina tan menudita y humilde que parecía su propia contradicción. Con el paso del tiempo su propio acento argentino se desvanecía, rodeaba por decenas de copartícipes continentales atrevidos a manifestarle la característica antipatía por los coterráneos de Gardel. Sin embargo, su tamaño de hormiguita sureña y la afectuosa simplicidad de su carácter se habían ganado nuestro cariño, y no era raro quien la invitara a tomar café a media mañana o una copita de fino jerezano los viernes en la noche.

Así llegó el pitazo inicial del partido, y la chica patagónica no dudó en arrimarse a su equipo nacional. De alguna manera nos compadecía ante el peso histórico y deportivo de la bandera blanquiazul y el carisma driblador del capitán, Diego Armando Maradona. Nos resignamos a padecer con Camerún una goleada de pronóstico. Pero, con todo y las pesimistas previsiones, los cameruneses comenzaron a combinar una aguerrida actitud técnica con buenas dosis de juego agresivo. Patadas iban y venían a las piernas argentinas. El mismo Maradona recibió lo suyo. Con los nervios de punta 22 jugadores y millones de espectadores en todo el mundo llegaron al descanso con el marcador 0-0. Hasta que Kana Biyik, el goleador africano, dio un cabezazo hacia el piso en el minuto 60 que escapó de las manos de Nery Pumpido, el arquero argentino, como si hubiera tenido jabón en las manos en lugar de guantes. Hubo un solo grito alrededor del planeta Tierra. Ese “¡¡¡Goooooooool!!!” se escuchó como un trueno global en todos los continentes, excepto en el territorio triste donde la capital tenía nombre de aires buenos. En Sevilla el aire que los latinoamericanos teníamos comprimido en el pecho explotó como un huracán. En una esquina la argentinita recibió en su cara ese ciclón de alegría, que no compartió, más logró tapar con un gesto inexpresivo. Alguien le dio un tímido abrazo de consuelo. El resto de celebrantes nos frotábamos las manos por la posibilidad, ahora nada lejana, de una derrota albiceleste más que merecida. Para rematar la mala suerte de los pibes, Camerún logró esa victoria mínima sólo con 9 jugadores; el árbitro le había expulsado dos por juego sucio. Mas no fue suficiente ni siquiera para el empate de los comandados por Maradona, cuyo ego superior debió ocultar el presidente Menem en el palco de dignatarios con una forzada sonrisa, donde también el papa y futuro santo Juan Pablo II había ocupado un asiento especial.

Con todo y nuestros festejos iniciales, la continuación del torneo dio un giro aplastante al prejuicio profesado por la mayoría. Argentina recompuso su ataque, alcanzó la segunda etapa como mejor tercero, derrotó en octavos de final a Brasil, en partidos de infarto batió por penales en cuartos de final y semifinal a Yugoslavia e Italia, pero cayó ante Alemania en la final. El balance confrontacional entre la tropa de latinoamericanos y la argentinita solitaria fue una especie de tablas, un empate en parte amargo y en parte dulce. Argentina había descendido un escalón, pero lograba el subcampeonato del mundo. Para colmo no de males, sino de suerte inesperada, la asombrosa modestia de la chica enamoró a uno de nosotros. Desde entonces todos los rastreadores de secretos documentales en Sevilla nos dejamos llevar no por los berridos de los goles gritados a todo pulmón, sino por el enigma más desconcertante de los corazones: los polos Norte y Sur pueden juntarse para amar. De hecho, fuimos espectadores en la muerte de un prejuicio pegajoso.