Por Jimeno Hérnandez Droulers
Abogado, MBA en gestión de entidades deportivas "Alfredo Di Stéfano" en la Universidad Europea de Madrid.
Historiador, Investigador y Columnista, autor del Libro "El secuestro de la Saeta Rubia"
En 1987, a sus 32 años, Michel Platini anunció su retiro y el mundo del fútbol perdió a uno de sus ídolos. Ya no encontraba placer en lo que hacía y, para él, el objetivo del fútbol era poder disfrutarlo. La poderosa Francia perdió así a su diez y capitán, alguien que se ganó a pulso un encumbrado trono con el título de “Le Roi”. Mire usted, cosa tan curiosa, el primer rey, en un país cuya revolución decapitó a sus monarcas.
Es que verlo hacer lo suyo era como presenciar a “Su Majestad” al mando de su ejército, batiéndose en el campo de batalla junto a sus valientes. A pesar de no ser corpulento, suplía esa limitación física con una técnica y visión de juego depurada. En todo momento destacaba por su gran habilidad en los movimientos, pases, asistencias y goles, sobre todo de tiro libre. En eso era un artillero magnífico. Experto a la hora de lanzar bombazos, cualidad que lo convirtió en uno de los mediocampistas más goleadores en su momento.


El primero en ganar tres balones de oro seguidos (1983, 1984 y 1985). En ese entonces militaba en Italia, vistiendo las rayas blancas y negras de la Juventus de Turín. Aquellas tres temporadas en la Vecchia Signora también se llevó el premio de Capocannoniere, o máximo goleador en la Serie A, además de levantar el trofeo de la séptima edición de Eurocopa con Les Bleus, venciendo a España 2-0 en el Parque de los Príncipes. Esa noche fue Platini quien prendió los ánimos festivos en París cuando abrió el marcador con un tiro libre.
Ese rey de Francia dejó un vacío que parecía imposible de llenar. Por lo menos aquello dijeron muchos en esa época y, era verdad. Luego de su retiro, la Juventus tuvo que esperar nueve años para ganar otro Scudetto y Francia, con él como seleccionador, brilló por su ausencia en la Eurocopa de Alemania Federal 88, el Mundial de Italia 90 y quedó eliminada en fase de grupos en la Eurocopa de Suecia 92, fracaso que provocó su renuncia.
Su reemplazo fue Gérard Houiller y Francia tampoco se coló entre los participantes del Mundial de Estados Unidos 94. Les Bleus pasaban por un periodo de renovación debido a los pobres resultados y Aimé Jaquet fue nombrado como nuevo seleccionador de cara a la Eurocopa de Inglaterra 96 y el Mundial de 1998, en el que Francia sería el país anfitrión.

El 17 de julio de 1994 Brasil levantó su cuarta Copa del Mundo al vencer a Italia en una final sin goles, primera en la historia del certamen en ser decidida desde el punto de pena máxima. Exactamente un mes después, el 17 de agosto, debutó en la selección francesa un mediocampista que dio mucho hablar.
-Quizás, quién sabe, podría hasta convertirse en el próximo Platini.
Sucedió en un amistoso contra República Checa en Burdeos. El joven de 22 años jugaba en aquel entonces para el club de esa urbe y, era un sueño debutar como parte de la selección en su estadio. El de los Girondinos, portando el dorsal 14 en su espalda, comenzó en el banquillo y saltó a la cancha en el segundo tiempo. Perdían con marcador de 0-2 al descanso, por lo que Jaquet le ordenó calentar y salir durante el complemento.


Ese muchacho, flaco, alto y de pelo negro, ingresó al terreno de juego en el minuto 63 en sustitución de Corentin Martins, quien era dueño del codiciado número diez, cifra que parecía quedarle grade a cualquiera después de la marcha de Platini. Costó acoplarse al resto del conjunto. Sin embargo, apenas empezó a recibir el balón, mostró destellos de su magia e inmediatamente, con una naturalidad envidiable, se tornó en una especie de director de orquesta.
Para el minuto 85 el encuentro estaba perdido. El hecho de que fuese un amistoso no le importó en absoluto. El marsellés, sabiendo que debía ganarse el puesto, se tomó las cosas a pecho. No quería pasar por desapercibido en su primera convocatoria.
La oportunidad llegó cuando Laurent Blanc lo ubicó por la banda derecha, a escasos metros del círculo central. Sin tocar el cuero, se inventó un engaño. Con un movimiento en falso, lo dejó pasar. El primer checo se barrió y quedó atrás. Arrancó en veloz carrera para encarar al segundo de frente. Con un quiebre de cadera y bicicleta lo dejó en el piso. El tercero intentó detenerlo, pero con un toquecito de su derecha se acomodó el esférico en la izquierda, lo adelantó en dirección a la media luna y sacó un latigazo con la zurda desde afuera del área a tres dedos.
Fue un verdadero golazo. De antología, como para pintarlo y colgar el cuadro en un museo. Nada quería más que celebrar, pero no tenían tiempo para ello. En vez de recibir abrazos o felicitaciones, corrió a ponerse en su lado del terreno, pidiendo a sus compañeros hacer lo mismo. Necesitaban reanudar el encuentro cuanto antes. No quería debutar en una derrota. Todavía restaban cinco minutos para conseguir el empate, que llegó 120 segundos después, cuando un tiro de esquina cobrado por Angloma la puso adentro del área y el 14 saltó para clavar un potente testarazo a diez metros del arco, volviendo a hinchar las redes.
Con aquel doblete en ese amistoso comenzó a ser protagonista, asegurándose la titularidad. Tan sólo un par de años después, cargaba con el peso del número diez a sus espaldas en esa plantilla que parecía cercana a revivir sus viejos tiempos de gloria.
En la Eurocopa de Inglaterra 96, Francia aseguró el primer puesto en el Grupo B al vencer por la mínima diferencia a la Rumania de Hagi, empatar a uno con España y ganarle a esa Bulgaria capitaneada por Stoichkov. Los tres equipos fueron huesos duros de roer, pero nada en comparación con los otros dos que vinieron luego.
En cuartos tocó encarar a Holanda. Fue un partido reñido, pero sin goles. Desde el punto penal pudo pasar a semis contra República Checa. Quedaron en el camino gracias a otro 0-0 y una tanda de penaltis que terminó en revés. Alemania se coronó campeona al vencer en la final a República Checa, pero ya Francia, gracias a su actuación, mostraba estar para grandes cosas.
Después de una notable campaña en esa Eurocopa, el diez de Francia fue fichado por la Juventus de Turín, para esos días vigente campeona de Europa. La Vecchia Signora, dirigida por Macello Lippi, contaba con grandes jugadores, comenzando por Del Piero, Vieri, Deschamps, Di Livio, Conte, Ferrara, Boksic, Montero y Tacchinardi. Puro prodigio, como dicen.
Entonces un nuevo astro comenzó a brillar, alrededor de esa constelación de estrellas. Esa temporada, jugando con aquellos fenómenos, desarrolló un talento impresionante a una velocidad vertiginosa, que contribuyó en buena parte a conquistar la Supercopa de Europa, la Copa Intercontinental y el Scudetto. La oportunidad de un año perfecto fue negada por el Borussia Dortmund, en la final de la Liga de Campeones celebrada en el Olímpico de Múnich.

Su segundo año en la Juve también fue una perla. Otro Scudetto, una Supercoppa italiana y final de la Liga de Campeones, perdida esta vez contra el Real Madrid en Ámsterdam, gracias a un tanto lapidario de Pedrag Mijatovic en el ocaso del segundo tiempo.
En un abrir y cerrar de ojos llegó la cita por la que tanto había esperado. Al comenzar el Mundial de Francia 1998, el anfitrión era un equipo respetable, pero, como siempre, también había otros candidatos para levantar el trofeo.
Se hablaba de Brasil y Ronaldo; Argentina con atacantes letales como Batistuta, Crespo y Claudio López; la Naranja Mecánica de los hermanos De Boer, Clarence Seedorf, Edgar Davids, Patrick Kluivert y Dennis Bergkamp; Inglaterra combinaba la experiencia de Tony Adams, Gary Neville y Alan Shearer con nuevos talentos tipo David Beckham y Michael Owen; o Italia, cuya defensa, conformada por Maldini, Nesta, Costacurta y Cannavaro, era un muro de piedra. Y bueno, su delantera, con Del Piero, Baggio, Vieri, Chiesa e Inzagui, ponía los nervios de punta a cualquiera.
Llegó la hora de la verdad para Francia, después de lograr el primer puesto del Grupo C al golear 3-0 a Suráfrica, Arabia Saudita 4-0 y ganarle a Dinamarca 2-1. Tuvo que vérselas en octavos con un aguerrido Paraguay. El equipo guaraní se defendió con gallardía y el portero Chilavert hizo milagros ante los disparos de Djorkaeff, Trezeguet y Henry, manteniendo el marcador en cero hasta que, en el minuto 114, Laurent Blanc anotó el primer “Gol de Oro” en la historia de los mundiales, evitando la lotería de los penales.
Los cuartos fueron escabrosos. El rival fue la temible Italia y su muralla defensiva, que había mostrado grietas al encajar dos goles de Chile y uno de Austria en la fase de grupos, pero ganó por la mínima a Noruega en octavos y también se mostró imbatible ante Francia, logrando empujarla al límite para decidir desde los once metros. Todos hicieron la tarea menos Lizarazu y Albertini, quienes lanzaron flojo y dieron excusa a Pagliuca y Barthez para lucirse al realizar paradas fáciles. Italia pateó el último. Di Biagio lanzó un potente trallazo que casi partió el travesaño y rebotó hasta la media cancha.
La semifinal contra Croacia fue, tal vez, la prueba más dura. Venía de superar en octavos a Rumania y golear 3-0 a la siempre peligrosa Alemania en cuartos. El que saliera triunfador disputaría la final contra Brasil.
Durante el primer tiempo ninguno pudo infringir daños, pero el segundo se tornó interesante desde el principio. Davor Suker puso en ventaja a los suyos con un golazo en el minuto 46. Fue el sexto en su cuenta personal y lo posicionó como goleador de aquel Mundial. Sin embargo, la felicidad de los croatas duró un santiamén, ya que Liliam Thuram sacó la casta de los galos para empatar un minuto después y subir el segundo al marcador en el 77, concretando la remontada.
Francia estaba en la final y lista para la prueba de fuego contra Brasil. El vigente campeón, contaba en sus filas con bestias como Aldair, Cafú, Junior Baiano, Roberto Carlos, César Sampaio, Rivaldo, Denilson, Leonardo, Bebeto y Ronaldo. Aunque Les Bleus jugaran en casa, la favorita, por supuesto, era la Canarinha, que aspiraba hacerse con el pomposo y rimbombante título de “Pentacampeona”.
Esa noche del 12 de julio sonó el himno de Brasil y después la Marsellesa. Las cámaras de televisión enfocaron a Michel Platini. “Le Roi” estaba en su trono de la grada, vistiendo con orgullo la camiseta de la selección bajo un saco, aplaudiendo a su heredero, quien saltó a la cancha con la determinación de convertirse en el protagonista principal de una jornada inolvidable.
Sus compañeros lo buscaron para que llevara las riendas del encuentro. Cada balón pasaba por el diez, quien supo tratarlo con cariño, delicadeza y elegancia, fungiendo de cerebro que manejó todo movimiento de un equipo avasallante. Resultaba imposible arrebatarle el cuero, como si este no quisiera despegarse por ningún motivo de sus pies. Es que la pelota es una caprichosa, tiende a enamorarse de quien la trata con pasión y gracia. Por lo menos eso hizo esa velada en la cual la muy antojadiza únicamente quiso irse de romance con el virtuoso marsellés.

Francia fue más que Brasil y merecía la ventaja. A mitad del primer tiempo, gracias a un tiro de esquina cobrado por Emmanuele Petit desde la banda derecha, encontró al número diez, que saltó por encima de la marca de Leonardo y metió un cabezazo violento al primer palo. El estadio se prendió con un grito de gol, que se oyó en todo el país.
Ganaban 1-0 y en el 45, a escasos segundos de que el arbitro principal, el marroquí Said Belqola, pitara para irse al descanso, por medio de otro tiro de esquina, en esta oportunidad de la banda izquierda y cobrado por Djorkaeff, el diez volvió a elevarse sobre la defensa brasilera, metiendo otro testarazo, duro y abajo, que pasó de caño a Roberto Carlos, custodio del primer palo. Así se duplicó la felicidad y París era una fiesta, tal como en aquella época dorada de “Le Roi”.
Con ese doblete, tocó defender la ventaja durante un segundo tiempo en el que Brasil fue un vendaval, intentando todo lo posible por descontar, pero nada le salió bien al titán amazónico hasta que Desailly fue expulsado por doble amarilla en el minuto 68. Con un contrario menos y más de veinte minutos por jugar, los dirigidos por Mario Zagalo se afincaron en avances que rindieron fruto de ocasiones claras, pero cada ataque frustrado en el que perdían posesión, la pelota alcanzaba los botines del mago, cuyos trucos evitaban que cayera de nuevo en algún contrario, lustrando su mejor fútbol al demostrar que valía por dos en el terreno. Le caían de a tres y se zafaba de las emboscadas con habilidad refinada. El maestro de aquella banda gala tocó su música a placer durante aquel recital.
En las postrimerías del partido, Denilson la estrelló contra el travesaño y Rivaldo intentó una de las suyas desde afuera del área que pasó cerca del palo derecho de Barthez. Fueron las últimas patadas de un Brasil que se terminó de ahogar ya cumplido el tiempo reglamentario, con un córner a su favor. Pudo ser el de gol de la honrilla y fue el de la humillación. Al contragolpe, Emmanuel Petit, después de una asistencia de primer toque por parte de Patrick Viera, dejó atrás a Cafú y a Dunga para dar la estocada.
El estadio se vino abajo. Las cámaras enfocaron al presidente Jaques Chirac y a Platini por unos instantes, luego se pegaron al diez y nuevo héroe de Francia, pues Zinedine Zidane acababa de hacerse con la copa y el premio de mejor jugador de aquel Mundial.
Ese año ganó el Balón de Oro y la historia de Zizou apenas comenzaba.